Democracia, chavismo y poschavismo

Por Carlos G. Torrealba

Venezuela es un caso que refleja lo arbitraria que puede ser la academia muchas veces. Desde 1958 hasta 1992, dicho país era considerado uno de los mejores exponentes de la democracia latinoamericana por la escuela politológica de los transitólogos; el sistema de partidos ideal y con menos irrupciones militares. Ninguno pudo dar una respuesta coherente a los eventos de la década del noventa –fuertes protestas, disturbios, represión y actos insurreccionales. Lo curioso es que los mismos factores que se aducían como fortalezas se presentaron luego como las causas de la debacle; inflexibilidad del sistema para dar entrada a nuevos actores, pactos elitistas, entre otros (Ellner, 2003: 22-25).

Llegó Chávez al poder y los neologismos –divertidísimos, por cierto– no pararon de emerger; democracia iliberal, neototalitarismo, anocracia, etc. Venezuela, del caso ideal, pasó a los peores puntajes en los rankings politológicos. Es una era en que los académicos que se dedican a la caracterización del chavismo se centran en la discusión sobre qué tan democrática o autoritaria es la revolución bolivariana. A decir verdad, el proceso siempre se ha movido en una zona gris. Basta apreciar el hecho de que, al conquistar el poder, Chávez logra la clausura del congreso a través de un referéndum y otros mecanismos utilizados para garantizar la mayoría en un nuevo parlamento. Este accionar a veces es visto como un golpe de Estado suave, sin embargo, lo complejo está en que esto fue abalado por la Corte Suprema, sin influencia de Chávez hasta el momento, e impulsados por una asamblea nacional constituyente plural y con miembros que poco tiempo después se alejaron del chavismo.

Es un lugar común que al expresidente se lo describa como un líder populista, personalista y destructor de instituciones, que adaptó todo el régimen político a su voluntad a partir del derroche de la renta petrolera en políticas sociales hacia los pobres. El tema del populismo es un asunto complejo, es materia de debate en la teoría política y no debería tratarse tan a la ligera, como lo hacen ciertos personajes que son populares líderes de opinión en las redes sociales.

Algo de contextualización histórica es necesaria, el problema no se puede abordar acá exhaustivamente pero, en todo caso, no son pocos los analistas que argumentan que Venezuela antes de 1990 no era la cuna del neoliberalismo. Si seguimos los lugares comunes del populismo –como la intervención en la economía para redistribuir a sectores populares– entonces éste siempre ha estado presente en la democracia venezolana. Por otro lado, es la descomposición de las instituciones lo que provoca la emergencia de liderazgos como el de Chávez, es decir, la falla institucional no se inaugura con el régimen que se tilda de populista.

Aunque no es despreciable el sustento de los sectores excluidos en el apoyo al proceso revolucionario, éste es policlasista. Marchas y manifestaciones de oficialistas y opositores parecen divididas por líneas de clase, sin embargo, el apoyo de los pobres y las clases trabajadoras no ha sido uniforme en la administración chavista (Lupu, 2010: 8).

Hay disponible información empírica para afirmar que “entre los votantes, es probable que los pobres apoyen a Chávez. Pero no podemos concluir que sea más probable que los pobres promedio elegibles para votar lo apoyen más que la contraparte rica” (Lupu, 2010: 11). Los sectores populares podían votar o por Chávez, o por la oposición o no ir a votar con el mismo nivel de probabilidad, si bien es cierto que los muy ricos sí votaron más en su contra.

En otro orden de ideas, es menester apuntar que ha sido una época caracterizada por un conflicto político con severas consecuencias sociales. Ninguno de los dos polos enfrentados es un todo coherente, afirmación que luce más evidente en la oposición. Pueden oponérsele al gobierno individuos o asociaciones con diferentes ideologías –no todo es neoliberalismo– y con diversas tomas de posición con respecto a Chávez y el proceso que lideró. Existe, en términos generales, un ala reaccionaria, con espíritu extrainstitucional, que busca restauración de órdenes pasados o construcción de uno nuevo desde cero. Pero también podemos encontrar un sector que critica aquello que despreció Chávez de la democracia venezolana en el siglo XX –la cual, incluso, fue inicialmente protagonista de la revolución– y que busca construir conservando algunos elementos del gobierno actual.

Por el lado del oficialismo, hay que remontarse a los orígenes y recordar que el fallo de la guerrilla venezolana llevó a la dispersión de distintas fuerzas populares que se constituyeron en una multiplicidad de movimientos con reivindicaciones de identidades africanas, indígenas, de las mujeres, entre otras luchas (Ciccariello-Maher, 2013: 234). El movimiento electoral que lideró Chávez solo representa la articulación de estas fuerzas. En ese sentido, la imagen de Chávez, el concepto de pueblo y la constitución de 1999 son “significantes vacíos, recipientes suficientemente abiertos en los cuales depositar aspiraciones revolucionarias y puntos focales alrededor de los cuales el poder puede ser consolidado” (Ciccariello-Maher, 2013: 236). Así que hay que estar muy alerta de no caer en la exagerada percepción del gran líder omnipotente; Chávez también fue solo un resultado, una expresión de movimientos con los cuales siempre estuvo en relación de tensión y hasta de ruptura, pero que logró mantener medianamente cohesionados, pero también un producto de las falencias de la democracia venezolana en el siglo XX.

Presenciamos en la actualidad un momento de crisis de liderazgos en los dos polos, esto no es nuevo para la oposición pero el oficialismo parece estar en terrenos a los cuales no está tan acostumbrado[1]; es un reto no contar con el que por mucho tiempo fue el líder quien aglutinaba las demandas. La oposición, por su parte, necesita mejorar en eso que ha fallado siempre: a) los diagnósticos de la situación del país, de sus fuerzas y recursos y de las fuerzas y recursos del oponente, b) la constitución de una política con el suficiente consenso entre sus filas y c) la capitalización política del descontento de la población con el oficialismo. Este último punto es el más importante y, a la vez, el más difícil de lograr dada la imagen desacreditada que tiene este sector –algo que ha sabido explotar muy bien el gobierno– debido a sus errores históricos. Tampoco es tarea fácil porque, más allá del apoyo mediático internacional, a nivel nacional reina la censura a los medios y la represión.

Comenzamos esta breve disertación señalando el radical cambio en el puntaje democrático asignado a Venezuela. Consideramos que, en varios sentidos, dicho país demuestra calidad democrática. Los avances en la inclusión de sectores históricamente marginados y en la profundización de la participación de la ciudadanía no son despreciables. Del mismo modo, es destacable la convocatoria de consulta popular de la que surgió la presente constitución venezolana, la cual establece, entre otras cosas, referendos revocatorios en todos los cargos públicos (un mecanismo de accountability, algo muy valioso para los politólogos fanáticos de los rankings). En esa línea, es menester mencionar el caso excepcional, en términos de teoría y práctica política, del referendo revocatorio presidencial de 2004.

Si bien los temas de los derechos humanos, el derecho a la protesta, la libertad de prensa y expresión, el trato a la oposición y el desempeño en materia económica son asuntos en los que el gobierno revolucionario deja mucho que desear, la baja puntuación en los rankings democráticos parece ser más un asunto del corte ideológico y de qué tanta apertura al mercado hay. Habría que ver cómo serían estas puntuaciones si hubiese en Venezuela hubiese más receptividad a las lógicas del mercado internacional o si el discurso fuese más amistoso con las potencias occidentales.

Por último, hay que notar que en “diferentes momentos de esta lucha hegemónica, en 1992 y dos veces en el 2002, actores de signo contrario decidieron tirar el tablero del juego democrático para alcanzar el predominio político. Afortunadamente hasta ahora, ninguno de los dos tuvo éxito” (López Maya, 2007: 189). Tanto las fuerzas revolucionarias como las de oposición han tratado vías extra-institucionales. Es necesario subrayar, en esta línea, la calidad de la cultura política democrática venezolana que siempre, de alguna manera, rechazó estas vías. En Venezuela, la democracia sí ha estado a prueba y la ciudadanía ha castigado los intentos de quebrarla, de lado y lado, solo resta esperar que este carácter continúe a pesar de los problemas.

Para una revisión más profunda del tema, ver el artículo de su autoría en la revista Metapolítica. Disponible en: http://www.revistametapolitica.com/#!Venezuela-despu%C3%A9s-de-Ch%C3%A1vez-polarizaci%C3%B3n-pol%C3%ADtica-y-social-Aportes-para-un-debate-en-torno-a-sus-imaginarios-significados-y-s%C3%ADmbolos/c20h6/5564e7270cf21fee13b8aa77

Bibliografía

-Ciccariello-Maher, G. (2013), We created Chávez: a people’s history of the venezuelan revolution, Carolina del Norte, Duke University Press.

-Ellner, S y Hellinger, D. (2003), La política venezolana en la época de Chávez: clases, polarización y conflicto, Buenos Aires, Nueva Sociedad.

-López Maya, M. (2007) “Las insurrecciones de la oposición en 2002 en Venezuela: causas y desafíos” en Maihold, Günther, Venezuela en retrospectiva. Los pasos hacia el régimen chavista, Madrid, Biblioteca Ibero-americana Vervuert.

-Lupu, N. (2010) “Who votes for chavismo? Class voting in Hugo Chávez’s Venezuela”, en Latin American Research Review, 45, 1.

-Observatorio Venezolano de Conflictividad Social. (2013), Informe conflictividad social venezolana en 2012, 17/01/2013, disponible en www.observatoriodeconflictos.org.ve/tag/observatorio-venezolano-de-conflictividad-social.

-Von Bergen, F. (2015),  Maduro y su 20% de apoyo, 15/03/2015, disponible en: www.el-nacional.com/siete_dias/Maduro_0_591540945.html.

[1] La protesta popular ha aumentado desde 2004, siendo 2012 el año más problemático en este sentido para el gobierno, con 4.583 manifestaciones de protesta en todo  el país. (Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, 2013). Por otro lado, según cifras de Datanálisis, la popularidad de Maduro ha caído 32 puntos desde su juramentación en 2013, señalando que la base dura del chavismo se ubica alrededor del 20 por ciento, el porcentaje más bajo en su historia. (Von Bergen, Franz, 2015).

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Texto editado por José Luis García.

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