Pasos vida en adoquín

Fernando Guerrero Fernando "Fedo" Guerrero

“Para viajar en el tiempo, busca los agujeros de gusano”

Grafiti anónimo en una pared de Caminito, Buenos Aires.

Por Fedo

 

Curiosa Ciudad Gris que a veces se nos pinta negra, o rosa, o azul. A veces sus colores son de neón, de fuego, de vida; y nublan la pesadez de muerte, de smog, de carencia. Sí, yo amo a mi Ciudad Gris: soy un citadino, esbirro y fedayín de Ella, chilango guerrero fresa-azteca que ataca a los provincianos que se atreven a hablar mal de Ella. Gente vil que no la conoce bien, ¿no saben que sólo los hijos de la Ciudad Gris tenemos el derecho de vituperarla? Como a nuestra propia Madre, o Padre, o Hermano: nosotros sí, ustedes no. Ay de ustedes si hablan mal de Ella rodeados de Tlatoanis Hipsters de Polanco, Condesa o del Valle; o Tlatoanis Chacas de Tepito, Peralvillo o la Bondojo. El resultado será el mismo: su provinciana lengua será cortada en mil tajos y arrojada a las cloacas de algún canal. En honor a nuestra diosa lunar Coyolxauhqui, por supuesto, la más fresa de las diosas. O a nuestro valedor el todaspuedo, Huitzilopochtli, dios-ñero-eterno-compa.

Como chilango fresa-azteca que soy, conozco callejones y lugares, escondrijos secretos que sólo los vagabundeos ferales por esta ciudad te pueden dar. El ocio y el tiempo que no pide tiempo que te lleva a trotar –y a trotar- por las calles, adoquines, losas… llenas de vida (de vidas). Derroteros perdidos que son nuestros lugares añorados, nuestros secretos y a veces nuestros mayores tesoros. Pueden ser cafés o plazas públicas perdidas, bibliotecas y rincones olvidados que terminan siendo nuestros segundos hogares. Esos en los que se queda nuestro latir.

Los llamo yo Agujeros de Gusano, porque me recuerdan a una burbuja de tiempo, un túnel conector que nos trasvuela lejos del hoy, hacia santuarios ocultos dentro del caos urbano. Los jardines de la Vasconcelos son uno, pegados junto al Chopo, en una zona fea, peligrosa, sucia, estos jardines se mantienen como oasis camuflados en el estertor de la Santa María la Ribera; pero siendo bastante conocido este santuario, yo les digo que salgan de la Biblioteca y caminen hacia Insurgentes. En la esquina del Eje, entre los locales de uñas, comida chatarra y fayuca sobre el piso, están las rasgaduras de un poema en azulejo. El poema está seccionado en varias partes, para que vayas siguiendo sus letras con los ojos sobre el piso. Rodea por completo la manzana y podrás leer:

Amigo, no camines delante de mí.

Puedo no seguirte.

Amigo, no camines tras de mí.

Puedo no guiarte.

Amigo, mejor camina a mi lado.

Y solo sé mi amigo.

Las letras en el azulejo se van borrando, quizá hoy mientras caminen sobre ellas todavía se distingan, así han aguantado muchos años; y nada más porque mi Diabla voluntad lo quiere: deseo que ese poema siga desentonando por su delicadeza en esa calle tosca y feúca, muchos más.

Sigo en Insurgentes, pero ahora más al sur. Te traslado ahí porque se me antoja, porque quiero que experimentes lo que yo experimenté una tarde. Estamos en la estación del metrobús Francia, y es precisamente sobre la calle de Francia donde quiero que camines, alrededor más o menos de las seis, seis y media de la tarde. Sigue derecho por la escuela y sólo déjate andar. Empiezas a notar que la calle es muy bonita y que es lindo perderte en ella. De repente empiezan a aparecer castillos a la izquierda, y casonas europeas a la derecha. El ruido de Insurgentes ya se lo tragó la calle. No hay nadie. Sólo tú y la tarde. Todo se colorea de azul: es porque el día está muriendo. No se ve el Sol, sólo la capa azulosa del atardecer antes de reavivar a los naranjas. Es cuando se empiezan a encender las farolas, los naranjas se vuelven más naranjas y los azules más azules: se rompen en añil y plumbago sobre la calle. Los castillos de zafiro azul se colorean por el efecto, mientras camino y camino sin creerme que estoy en la ciudad. Si giro a la derecha está una calle con jacarandas o lilas, que ante mi ignorancia botánica son lo mismo.  Camino entonces por esa vereda de árboles morados, sólo eco de mis pasos rebota en mis oídos en el bosque lila. Continúo por Francia, en algún lugar un callejón me regresó a la calle mágica; dejándome tragar por ella aparecen desperfectos, callejas y giros que cambian taimadamente el paisaje ¿es en serio una vecindad lo que tengo avante? El adoquín se desbarajusta y efectivamente, mis ojos reconocen un laberinto de casas maltrechas, cuartos y puertas que se enciman. Es una vecindad y un vómito de nuevas calles que se eyectan hacia Miguel Ángel de Quevedo. Cualquiera que elijas te sacará del torbellino enredado de callejas.

Sigue por la calleja a Miguel Ángel de Quevedo, y por Miguel Ángel llega hasta el Pasillo de las Librerías, allí está el siguiente Agujero de Gusano. A esta burbuja atemporal se puede llegar por tres flancos: desde el puente que cruza Copilco e Insurgentes, desde el monumento a Álvaro Obregón, o desde Miguel Ángel de Quevedo. Bien, elegimos a Miguel Ángel: transitado, plagado, congestionado. Parejitas se besan en el Parque de los Libros, y gente toma café y pastel en los locales de las librerías. Nosotros no vamos a lo común, recuerda. Estamos buscando calma y extrañeza, no te me distraigas por favor. Hay un callejón apenas visible del lado de Educal, por el que seguramente has pasado cientos de veces sin percatarte de. Entra al callejón. Pisa las piedras apenas caminables y gira a tu derecha ¿Qué ves de pronto? Sí, es una iglesia. Una plaza como de pueblo en medio, atrás, oculta del desbarajuste. Hay bancas y una fuente, para que te sientas a gusto disfrutando de este retablo de cuento. La iglesia es bonita y la plaza está silente; seguro deseas que te deje unos minutos sentadito allí disfrutando del descubrimiento. Desde esa plaza de cuento, sobreviviente de sepa qué época, cuando todavía Coyoacán era un pueblo, te puedes trasladar como por arte de magia hacia Insurgentes. Gira sólo a la derecha y a la izquierda ¡y listo! Tienes el frente a ti el monumento a Obregón, de nueva cuenta en la ruidosa y viva civilización1.

Conozco igualmente una vecindad al lado de la Cineteca y una estatua sin cara de una virgen en Polanco. Aún así, mi último santuario para este artículo, es mi favorito y no puedo dejar de hablar de él. Es el mural más grande del mundo y la gente apenas lo conoce. Está en el Polyforum, dentro de la sala Siqueiros, y sí: lo hizo Siqueiros. Se llama la “Marcha de la Humanidad” y es impactante verlo, sentarte en soledad a contemplarlo. De un lado está por lo que lucha la Vida, y del otro todo lo que devora la Muerte. Se funden las dos luchas en un rojo; un carmín mítico que a veces se ilumina por efectos de la sala. Esta sala a veces gira –los fines de semana- pero yo prefiero visitarlo cuando soy sólo yo el intruso que lo mira. Y es mi mente la que le da espiros a sus formas.

Sentado así, sobre la alfombra igualmente roja, los dejo. Mientras contemplo hacia lo alto, las manos gigantescas y carmíneas que siento que son mías, cada vez que visito este mural.

Nota o petición suplicatoria: si conoces alguno de estos túneles de tiempo o santuarios urbanos, te agradecería que me lo hicieras saber con alguna nota en esta página, dejándome tu correo o algún comentario detallándomelo. Como cazador de serendipias que soy, te lo agradeceré.

  1. Esta parte de la guía turística se la dedico a mi amiga Alejandra Zabre, a la cual le enseñé esta burbuja de tiempo, y ella a su vez se la quiso enseñar a su ex novio y lo terminó perdiendo a altas horas de la noche por los túneles del Pedregal. Nunca me decepcionas Ale.

Conoce más de Mirilla

* * *

Texto editado por Nancy Hernández Martínez.

La responsabilidad del contenido de los textos publicados por la Revista Ala Izquierda corresponde a sus respectivos autores. Cualquier cuestión relativa a los mismos puede ser informada a través de nuestros canales de comunicación. El Consejo Editorial se reserva el derecho de retirar en cualquier momento los textos que violenten los derechos de terceros. Editor responsable: José Luis García.

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