La prosa del verso suicida

El suicidio, visto superficialmente como acto cobarde, condena la reflexión sobre la pérdida del sentido de la vida compartida por mujeres como Alfonsina Storni, quien eligió libremente quitarse la vida. Situación compartida por espíritus y mentes brillantes, sensibles, arrojadas a condiciones apabullantes, que, tentadas por la muerte, convierten su odiosa pasión desbordada en suicida, ¿Qué sucede con la humanidad que sigue llevando la vida a su máxima expresión de dolor y descontento social?

Montserrat Escobar Monserrat Escobar
Quisiera esta tarde divina de octubre 
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.
Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.
Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…
Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.
[…Detrás deja una nota en tinta roja sobre papel azul: “Me arrojo al mar”].

Alfonsina Storni

Por Montserrat Escobar

Mujer huérfana de padre a sus 14 años, obrera en una fábrica de gorras, maestra rural y madre soltera –todas ellas posiciones desventajosas que atañen a las doblemente explotadas entre los explotados– la hicieron aferrarse a las letras ‹‹para no morir››, hasta que el cáncer la orilló, o motivó, a elegir terminar con su vida.

Alfonsina Storni, una mujer dispuesta a todo, consideraba al suicidio como una elección concedida por el libre albedrío. Tan es así que a sus 46 años lo consuma en el Mar de Plata, el 25 de octubre de 1938.

Al respecto diría Rousseau, siguiendo a Marx:

¿Qué clase de sociedad es ésta, en la que se encuentra en el seno de varios millones de almas, la más profunda soledad; en la que uno puede tener el deseo inexorable de matarse sin que ninguno de nosotros pueda presentirlo? Esta sociedad no es una sociedad, es un desierto poblado por fieras salvajes. (Marx, Karl, (2012). Acerca del suicidio, Las Cuarenta, Buenos Aires, p. 71)

Recupero esta cita porque he escuchado que algunas personas enjuician al acto y sujetes suicidas como cobardes. Yo, por el contrario pienso que es una de tantas manifestaciones humanas, individuales o colectivas, a las que habría que brindar de nuestra parte, más allá de la moralidad, una interpretación con agudas implicaciones sociales, culturales y, sobre todo, políticas, porque lo personal es político. Luego, ambos –sujete y acto– requieren ser pensados en nuestro tiempo con la crudeza que merecen dadas las alarmantes cifras de intento y consumación, las comunes y apabullantes causas, y las tendencias de desarrollo del fenómeno que extiende los demonios internos entre cada vez más personas, entre ellas las mujeres.

Hasta ahora no conozco a alguna persona que en su vida no haya pasado por episodio/s de ansiedad, debilidad, tristeza, insatisfacción, frustración, incomodidad, desasosiego, desesperanza, decepción. Sentimientos médicamente asociados con la depresión, que no es una voluntaria falta de actitud ante la vida y sus conflictos –como muchos piensan– sino una seria desvalorización personal, de la vida social y de la decisión entre vivir o desistir. Por ello digo que la deprimida no disfruta de sentirse así, quienes así lo juzgan han abandonado su verdadero sentido humanista al emitir tan laxa opinión.

Es importante que dejemos de negar que la mayoría ha considerado alguna vez el suicidio porque sería la posibilidad de dejar de ser cómplices de la omisión social, que estigmatiza este y otros malestares ‹‹ocultos›› (la locura por ejemplo) y omnipresentes en la sociedad. Sociedad que abandera, como condicionantes de la satisfacción humana, al esfuerzo y al sacrificio individual, que contradictoriamente festeja el hedonismo, que transgrede todo lo humano posible, que se simplifica perfectamente con la frase de ‹‹todo lo sólido se desvanece en el aire››.

Considero que, únicamente al reconocer y nombrar los niveles de infelicidad, profundizaríamos en nuestras relaciones sociales en todos los ámbitos. En las conversaciones cotidianas, por ejemplo, nos percataríamos que la miseria no solo se manifiesta objetivamente, sino que a cada uno nos ha invadido y carcomido. Y que, aunque  estamos empeñados en ocultarlo, en guardarlo para nuestros momentos de soledad aislada, lo único que conseguimos a medias es vivirlo silenciosamente y acompañados; al tiempo que lo combinamos con el abuso de estimulantes, desinhibidores y hábitos compulsivos-destructivos como el sexo, la comida, las drogas, el alcohol, etc. Esto no desaparece el problema, que es social, sino lo agrava y las mujeres no permanecen al margen.

Al respecto, Durkheim, según Marx, razonó que “si la mujer se mata menos que el hombre es porque está menos comprometida en la vida colectiva; la mujer aislada se suicida menos”[1]. Entre la ideación, el intento y el logro suicida, las cobardes/valientes lo piensan, lo planean, lo llevan a cabo y lo logran o fracasan. O no lo intentan, sin que esto signifique que dejen de padecer la muerte de sus cuerpos y espíritus todos los días de su ‹‹existencia››, batallando entre su deseo de terminar con todo y la presión social que las obliga a afrontar la vida, a esforzarse, por más insatisfactoria que le resulte. “[…] Se hace del suicidio un acto de cobardía, un crimen contra las leyes, la sociedad y la honra”[2]; una sociedad de estigmas.

Sin embargo, aunque he mencionado que existen episodios que llevan a la personas a pensar, intentar o cometer el suicidio, ¿Qué hay con esas mentes, almas, espíritus, cuerpos, desbordadamente sensibles, libertarios, utopistas, complicados, ‹‹negativos››, críticos, insatisfechos con el progreso y libertades que ofrecen sus regímenes políticos y sistemas económicos, que hacen de la creación y la destrucción una personificación dialéctica de autodestrucción, la melancolía o  la evasión de un mundo del que se separan por medio de un muro impenetrable desde donde crean y avientan sus alaridos, sin poder sentirse parte de él, hasta que un día de muchos ya no pueden y colapsan?

De ellas es de quien importa hablar, puesto que son mujeres que jamás se han sentido incluidas o adaptadas. Allí radica el problema que hay que observar: el/la suicida es una manifestación de la incomodidad que hostiga a la comodidad reinante. El/La que juzga al suicida de cobarde juzga la apariencia más no la manifestación; se cubre los ojos ante el abrumador intercalado de relaciones sociales objetivas destructivas y transgresoras, que se manifiestan en actos aparentemente individuales y voluntarios –‹‹egoístas››– autodestructivos, pero que en realidad son social-destructivos.

En ese sentido, Marx sostiene que “no solo se conoce por sus logros sino por sus victimas. [Todes aquelles] cuya percepción de sí mismos, de lo que son y de lo que podrían ser, desacuerda trágicamente con la experiencia de eso que es su vida”[3]. Entonces el suicidio no es un acto cobarde, es un exilio consagrado.

El/La suicida es una voz, un/a manifestante más, un/a transeúnte que observa, siente y piensa que la única posibilidad real de terminar con todo lo que produce dolor es morir. Quizá sea un/a revolucionario/a que no logra canalizar sus impulsos transformadores.

Existen situaciones que vulneran a las mujeres, que las ‹‹orillan›› a tomar impulsivamente la decisión de suicidarse. A diferencia de ellas, Alfonsina Storni opinaba que el suicidio era un acto de libre albedrío; supongo que, para ella, el suicidio para nada representaba un acto de cobardía, sino la máxima expresión de descontento, hartazgo y padecimiento de la diferencia entre las expectativas y la realidad. Aunque también podemos abordar el problema desde otra posición, no ahondaré en ello pero, alguna vez una querida amiga y yo hablábamos sobre el tema; jamás olvidaré cuando tomó como bandera lo que Camus ya decía, ‹‹Vivir es un acto de rebeldía››, aunque el texto merece más, por ahora, aquí me quedo yo.

Conoce más de Metamorfosis por decapitación

[1] Marx, Karl, (2012). Acerca del suicidio, Las Cuarenta, Buenos Aires, p. 70-71.

[2] Ibíd. p. 36.

[3] Ibíd. p. 43.

La responsabilidad del contenido de los textos publicados por la Revista Ala Izquierda corresponde a sus respectivos autores. Cualquier cuestión relativa a los mismos puede ser informada a través de nuestros canales de comunicación. El Consejo Editorial se reserva el derecho de retirar en cualquier momento los textos que violenten los derechos de terceros. Editor responsable: Carlos G. Torrealba.

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