Álvaro Castro: la llamada a misa de Javier Lozano

No era necesario el consejo de un arbusto en llamas para saber que los temas que exigirían un pronunciamiento por parte de Castro serían aquellos que han provocado la ira de la iglesia: divorcio incausado, aborto, matrimonio igualitario, eutanasia, gestación subrogada y adopción por parejas del mismo sexo

Después del maratónico proceso de auscultación seguido en contra de Alejandro Gómez necesitábamos una comparecencia dinámica, con un candidato asertivo que pudiera responder de forma concreta y precisa. Por desgracia tocó el turno a Álvaro Castro.

El candidato que la semana pasada tuvo una presentación gris de su candidatura para la Suprema Corte, aprovechó esta oportunidad para regresarnos constantemente con sus respuestas ante los “visionarios constituyentes de 1917” –una especie de Delorean jurídico. Álvaro Castro, quien fue condecorado como Caballero del Vaticano, recibió las preguntas de las y los senadores como un llamado a misa: cuando quiso lo atendió.

No era necesario el consejo de un arbusto en llamas para saber que los temas que exigirían un pronunciamiento por parte de Castro serían aquellos que han provocado la ira de la iglesia. Divorcio incausado, aborto, matrimonio igualitario, eutanasia, gestación subrogada y adopción por parejas del mismo sexo eran los temas que propusieron en el Senado para que el compareciente demostrara su criterio y su capacidad para argumentar a favor o en contra con base en la interpretación que tenga de los derechos humanos. Sin embargo, Álvaro Castro se excusó diciendo que en abstracto no podría opinar sobre aquellos temas, pues consideró que era necesario entender esas cuestiones en casos concretos para poder dar una respuesta. Su defensa perdió sentido cuando la senadora Angélica de la Peña citó los casos resueltos por la Suprema Corte sobre esos temas y le pidió que diera su opinión en cada uno de ellos como si le hubiera tocado votarlos. La respuesta de Castro se limitó a decir, de nuevo, que no podía adelantar criterio en “abstracto” –al parecer ni en su imaginación puede visualizarse como Ministro.

En ese momento comenzamos a cuestionarnos si valdría la pena seguir viendo la comparecencia. ¿Qué sentido tiene escuchar por horas a alguien que compite para ser Ministro, pero que no puede emitir juicio alguno? Soportamos porque había otro tema que pesaba en la trayectoria de Álvaro Castro dentro de la administración pública: el incidente de Pasta de Conchos. Si bien la tragedia en la mina ocurrió antes de que el compareciente fuera Subsecretario del Trabajo –aprovechó cada oportunidad para recordarlo–, a él le correspondió dar continuidad al caso. Así, la forma en que manejó las críticas por parte del Senado respecto a su desempeño como titular de dicha subsecretaría (que además le valió ser objeto de una recomendación de la CNDH) le costó la destitución de dicho cargo; lo que a juicio de varias y varios senadores demostraba la falta de una trayectoria digna de ser considerada para la Suprema Corte.

Pero Álvaro Castro supo encomendarse a un poder superior a él pues cuando su independencia para desempeñar el cargo de Ministro era fuertemente cuestionada, de repente apareció Javier Lozano (su ex jefe) para defenderlo. Con el pretexto de formular una pregunta, Lozano narró su versión de lo ocurrido en Pasta de Conchos; explicar que a Castro no lo destituyeron, sino que lo reacomodaron estratégicamente en un plano horizontal –sin comentarios–, y para cuestionar severamente que sometieran a un escrutinio tan grosero a las personas que integran las ternas. Hasta ahora, las cuatro candidaturas habían sido revisadas con serias dudas sobre su independencia, pero sólo Álvaro Castro contó con el apoyo para demostrar la ausencia de dicha garantía.

Por lo demás, la comparecencia de Castro se desarrolló con un filtro sepia, en la que las discusiones con Bartlett, lejos de mostrar a un candidato preparado para enfrentar los retos actuales del máximo tribunal del país, nos enseñaron una persona cuya visión del derecho se quedó estancada en las frases y conceptos canónicos.

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