Sin nosotros, no

Da la impresión de que el interés del PRI, PAN y PRD en la reforma política del DF es sólo aumentar el tamaño del pastel para repartir más pedazos a sus maquinarias partidistas: el interés de la ciudadanía no es su motivación. La legitimidad que no les otorgaron las elecciones locales, pretenden obtenerla con un constituyente integrado a modo. Mientras quieren dictarnos su constitución desde arriba, nosotros decimos: sin la ciudadanía no habrá constitución legítima; sin nosotros, no.

La Ciudad de México ha sido históricamente uno de los centros políticos más importantes para la ciudadanía del país. La existencia de amplios movimientos sociales y de una creciente pluralidad contrastan con las restricciones institucionales que ha vivido el gobierno de la ciudad. En las últimas tres décadas hemos vivido el resurgimiento gradual de un gobierno propio. Lo que inició con la primera elección de la Asamblea de Representantes del DF en 1988 parece haber llegado a su punto culminante con la aprobación de la Reforma del Distrito Federal. Quienes defienden esta reforma ignoran que los procesos de cambio en esta ciudad han surgido desde abajo. Insisten en que las cúpulas de los tres principales partidos, cuya legitimidad es cada vez menor –como mostraron las elecciones de este año–, decidan la ley fundamental que ha de regir a poco más de 9 millones de personas. La legitimidad que no les otorgaron las elecciones locales, pretenden obtenerla con un constituyente integrado a modo. Parece que no han comprendido el daño que las negociaciones cupulares han ocasionado a la democracia. Mientras quieren dictarnos su constitución desde arriba, nosotros decimos: sin la ciudadanía no habrá constitución legítima; sin nosotros, no.

La primera reforma que dio lugar al antecedente de la actual Asamblea Legislativa del DF fue consecuencia de los movimientos de los damnificados del terremoto de 1985. La ciudad que despertó con el desastre ante la pasividad del gobierno comenzó a demandar una representación local verdadera. Este anhelo aumentó aún más con las elecciones de 1988, en las que el grado de deslegitimación del gobierno priista se hizo patente con los votos por el candidato presidencial del Frente Democrático Nacional. El resultado fue la reforma de 1994 con la que se estableció el primer Estatuto de Gobierno de la capital. Incluso, en un momento en el que el autoritarismo priista era todavía muy patente, la reforma fue antecedida por un plebiscito en el año anterior, cuyo objetivo era preguntar a la ciudadanía si quería una ciudad con mayor autonomía. La última gran reforma que dio lugar a la configuración actual del DF fue producto de la efervescencia política de 1994 y 1995, que obligó al partido en el poder a abrir las negociaciones para una democratización más profunda. Este proceso culminó en 1996.

Ahora se pretende una reforma más ambiciosa, pero de espaldas a la ciudadanía y con intereses muy diferentes a los de producir un gobierno autónomo para la ciudad. Una constitución debe ser producto de un momento político-histórico singular, uno en el que los actores políticos ceden gran parte de sus ambiciones de corto plazo para dar lugar al marco legal que regirá a todas las personas. La política que da lugar a la constitución debe ser diferente a la política “politizante” de todos los días. De no ser así, existe el riesgo de que esa ley suprema sea sólo papel inerte. En esta ocasión, da la impresión de que el interés del PRI, PAN y PRD es sólo aumentar el tamaño del pastel para repartir más pedazos a sus maquinarias partidistas: el interés de la ciudadanía no es su motivación. Peor aún, un proceso constituyente debería ser un proceso participativo y deliberativo intensivo. Hoy, estos tres partidos siguen la lógica del “Pacto por México”: un acuerdo fuera del escrutinio público. Nos dirán que quedan las candidaturas independientes. Ésas que permitieron el registro de sólo 14 de 145 precandidatas y precandidatos sin partido y con las que ni uno solo de los independientes pudo ganar en el DF.

El carácter histórico que podría haber tenido esta reforma se ha perdido al excluir la participación ciudadana efectiva. En vez de un proceso deliberativo plural tendremos una reforma que se asemejará a las obras faraónicas a las que el actual Jefe de Gobierno nos tiene acostumbrados: inútil, basada en la apariencia en vez del fondo, y construida sin la ciudadanía. El mensaje que hoy mandan los tres partidos que aprobaron este cambio fue que la reforma va porque va, ‘con o sin ustedes’. Así, el valor de la nueva constitución será el mismo que el de sus reformas político-electorales que se desechan cada tres años. Nosotros respondemos: sin nosotros no habrá legitimidad; sin nosotros no habrá verdadero cambio.

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1 Comentario en Sin nosotros, no

  1. José Santos // febrero 2, 2016 en 07:55 // Responder

    Excelente manifiesto. Hay que darle más difusión.

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