Niño Feral ¿En dónde está Jean-Marc?

Delimitar fronteras resulta una labor casi innata para nosotros los hombres; y qué mayor frontera que la delimitación entre lo feral y civil. Lo salvaje se permea de lo humano y viceversa, en esta curiosa vida.

Fernando Guerrero Fernando "Fedo" Guerrero

Para Polly, criada por Bagheera.

Para Ale, criada por Akela.

Para Ana, criada por Baloo.

 

Y yo, que fui criado por Shere Khan. Ese tigre vanidoso y mamón, tan confiado de sí. Malvado porque se le da la gana serlo, enemigo de Bagheera y Mowgli, que no repara en demostrar su majestad felina bebiendo del río en plena sequía, violando el Juramento de la Selva, y -peor todavía- contaminándolo con sangre para que nadie más pueda beber. Este tigre –enemigo de los hombres y los animales- además de hacernos desear nunca de los nuncas encontrarnos con algún humano que se le parezca, nos replantea qué habría sido del pobre Mowgli contra este formidable enemigo sin la ayuda de los lobos, el oso, y la pantera negra.

Es verdad: los animales han rescatado y criado niños a lo largo de la Historia, adoptándolos como suyos. Tarzán y Mowgli son arquetipos de casos reales, parecieran aislados, de niños amamantados por seres ferales. Desde Hércules -lactado por una cabra-, y Rómulo y Remo –por una loba- el hombre civilizado ha sentido fascinación por este contacto primitivo con la naturaleza, llegando a mitificarlo convirtiéndolo en leyenda, retratándolo en letras de Alta Literatura.

En 1800 apareció un niño en condiciones deplorables arrastrándose hasta una granja en el sur de Francia. El chico no sabía hablar, no tenía conocimiento de decoro humano, y era incapaz de reconocer su propio reflejo. El médico Jean-Marc Jaspard Itard, director del Instituto Nacional de Sordomudos, acoge a este nuevo paciente con emoción, intentando “civilizarlo” durante cinco años. A pesar de que Víctor –así fue bautizado este niño feral- consiguió vestirse y comer con cubiertos, nunca consiguió hablar (Pickren, 2014). Aunque esto significara cierto fracaso para Jean-Marc, implicó en cambio un gran descubrimiento para la Psicología: existe un período específico en la infancia para aprender el lenguaje, pasado este período resulta casi imposible entablar conexión con el mundo de las palabras. Los niños ferales también sexuan de modo distinto, encapsulando de un modo extraño su deseo sexual, menstruación y libido; una capa de pelambre gris muy fino los cubre –síntoma de uno de los tipos de anorexia más avanzados-; siendo el rasgo más distintivo de todos: el nunca abandonar su deseo de volver… ¿con los suyos? al ser rescatados por el hombre.

Los casos documentados de niños ferales hablan de historias de gran dolor, al leerlos no conseguimos reintegrar la pregunta de si la humanidad es una condición que se adquiere o simplemente se nace con; desde luego hoy día contestaríamos lo segundo: ¡que sí! ¡lo humano es una condición que se adquiere al nacer! Sin embargo, si re-miramos un poco la historia de estos niños la respuesta no parece tan simple. En todos los casos, los investigadores involucrados (el propio Jean-Marc era un personaje intachable, con una reputación sinónima a rectitud) terminan dando palmotazos en cuartos oscuros, metidos en impases, intentando dilucidar si se enfrentan con un humano, con un animal, con un retrasado, con un engendro, o a tientas buscando dónde delimitar la frontera entre la curiosidad científica y lo humanamente ético.

Las siguientes líneas son del texto de María García Alonso titulado “El regreso de las abejas perdidas. Los niños salvajes en los límites de la cultura” (2009); he decidido reproducirlas de forma exacta pues la inflexión en ellas –al igual que su prosa- es bastante poderosa:

“Muchos son los nombres y las historias trágicas, que tienen como principales ingredientes el horror, la soledad y el abandono. Peter de Hammelín amamantado por una osa, que vivió hasta una edad avanzada llegando a ser la más preciada posesión del rey de Inglaterra, su más divertido bufón; Memmie Le Blanc, la niña salvaje de Champagne, la Puella Campanica que daría nombre a toda una categoría nueva de homines feri (…); Amala y Kamala, las niñas lobo de Midnapore, que eran los lobeznos más fieros, los que atacaron a sus libertadores con más saña cuando estos mataron a la loba que protegía a sus cachorros; Iván Mishukov, el niño de los perros, que no había conocido mejor hogar que el que le proporcionaba la jauría callejera de la que se había convertido en jefe, cuando a los cuatro años huyera de una madre alcohólica y otros muchos, tantos que sólo pueden ser conocidos por la efímera noticia de sus hallazgos y la expectación que provocan en sus investigadores, sumiéndose posteriormente en el olvido cuando pasan de ser curiosidades naturales a adultos retrasados”.

Olvido. En ese arte somos tusos, duchos, altos maestros. En verdad los humanos somos expertos en explotar, venerar con el mayor de los fervores, y al siguiente lanzar al más lejano olvido a  nuestras otroras preseas. Los niños ferales no han sido los únicos que han sufrido de esta veneración prestada, antecesora a la mayor indiferencia y crueldad. Dos casos curiosos en la década de los setentas tuvieron como escenario esta interacción humano/animal. Fueron dos simios que padecieron esta curiosidad mordaz, para después –cuando cansó el misterio- terminar en el abismo de lo que deja de interesar.

Oliver fue un chimpancé con rasgos humanoides (cabeza más pequeña, menor cantidad de pelo, columna y cadera más símiles al humano que al primate); rechazado por los de su especie, pero en cambio bastante hábil en realizar trabajos humanos. Oliver –a diferencia de todos los primates- caminaba erguido todo el tiempo, nunca a cuatro patas, habilidad que nadie le enseñó sino que adquirió como cualquier bebé de nuestra especie al crecer. Su inteligencia era muy superior a los demás primates, además de poseer la capacidad de mirar fijamente sin realizar ningún gesto durante prolongados períodos de tiempo (concientización de la gesticulación) (Coronado, 2012). Nim por su parte, fue un chimpancé criado como si fuese humano; se realizó un experimento a modo de documental amateur sobre la integración del mono en una familia; se le amamantó y se le enseñó a hablar por signos, consiguiendo que pudiera entablar conversaciones largas con sus tutores. Sin embargo, tanto Nim como Oliver cansaron, la escabrosidad de su parecido con nosotros tanteó de nueva cuenta las preguntas ¿Humano? ¿Animal? ¿Hasta dónde? ¿Qué es esto que tengo avante? ¿Cómo lo detengo? ¿Cómo lo rehago? Oliver fue hallado treinta años después confinado en una jaula en una clínica de experimentos, donde fue rescatado y al fin su misterio dilucidado (su ADN es rarísimo, probablemente perteneciente a una subespecie de chimpancé aún no encontrada). Nim también terminó en una clínica de experimentos, completamente drogado; imposible fue su reintegración a un ambiente civilizado, ni con nosotros, ni con los suyos; en completa degradación aconteció la muerte del pobre Nim (S/A, 2013).

La condición humana, más allá de un rango intelectual o funcional de acuerdo a nuestra habilidad motriz con respecto a otras especies, radica en nuestra capacidad de sentir emociones complejas, tales como la apreciación de la belleza, el sentido de trascendencia, y el reconocimiento emocional del otro: la piedad, compasión y empatía. Entre más complejas sean las conexiones cerebrales, entonces más humanos seremos. La maldad de Shere Khan al lado de nuestra malicia como especie resulta comprensible, incluso deseable entonces. Podemos entender al tigre de Bengala e incluso preferirlo una vez que conocemos todo el mal que le hemos hecho (a conciencia) a aquellos que cruzan la frontera impuesta por la Natura. Entendemos el odio del Tigre Rey hacia la raza que engendró a Mowgli, así como su animadversión hacia aquellos animales que se atrevieron a acunar a una especie tan dañina como la humana.

Ay mi Shere Khan, mi bello tigre, qué poco es el filo de tus garras, y cortos tus colmillos en comparación con nuestra ciencia, afilada con nuestra más incisiva curiosidad, que se adentra donde sea, sin temor a ti, ni a ninguna otra criatura.

Conoce más de Mirilla

Referencias.

-García, M (2009). El regreso de las abejas perdidas. Los niños salvajes en los límites de la cultura. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares. (LXIV) 41-60. Recuperado desde http://rdtp.revistas.csic.es/index.php/rdtp/article/viewArticle/69

-Pickren, W. (2014). El Libro de la Psicología. Madrid: Illus Book, S.L

-Rodrigo Ignacio Coronado (2012). Oliver el hombre mono. [Video]. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=cjdEdJz9MUc

-S/A (2013). Proyecto Nim. Diciembre 15, 2015 de 20minutos.es Sitio web: http://www.20minutos.es/cine/cartelera/pelicula/32539/proyecto-nim/

Texto editado por Nancy Hernández Martínez.

La responsabilidad del contenido de los textos publicados por la Revista Ala Izquierda corresponde a sus respectivos autores. Cualquier cuestión relativa a los mismos puede ser informada a través de nuestros canales de comunicación. El Consejo Editorial se reserva el derecho de retirar en cualquier momento los textos que violenten los derechos de terceros. Editor responsable: José Luis García.

 

Anuncios

Populares

2 Comentarios en Niño Feral ¿En dónde está Jean-Marc?

  1. Wow q interesante! Eres el mejor!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: