Los niños del Pullman gris

La migración irregular de centroamericanos no es un fenómeno nuevo, pero en los últimos diez años sus características han cambiado. Si antes migraban los hombres jóvenes, ahora lo hacen en su mayoría niños y adolescentes expulsados por dinámicas violentas que tampoco son nuevas, pero se recrudecen debido al narcotráfico y las pandillas. ¿Por qué los padres exponen a sus hijos a los enormes peligros de cruzar México sin documentos? ¿Qué tipo de familia haría eso? La respuesta es sencilla y escalofriante: una que prefiere la posibilidad de la vida a la seguridad de la muerte.

Por Virginia Lemus

El bus gris de Pullman de Chiapas llega a San Salvador todos los lunes. Es gris, bastante viejo y sus vidrios están polarizados; lo veo pasar cuando salgo del trabajo y voy a casa. Estoy asumiendo ahora que todas las semanas se trata del mismo bus, pero lo cierto es que nunca ha ido lo suficientemente lento como para ver las placas. Eso no es lo que importa.

De ese bus gris bajarán niños salvadoreños indocumentados que cruzaban territorio mexicano. Niños que viajaban solos. A veces son adolescentes, muchachos de once, doce, trece años enviados por sus madres a cruzar el desierto porque ahí tienen menos oportunidades de morir que quedándose en cualquier rincón de los 21 mil kilómetros cuadrados que componen El Salvador.

Lo mismo sucede en San Pedro Sula, Honduras, con quien San Salvador se disputa mensualmente el título de la ciudad con mayor cantidad de asesinatos por cada diez mil habitantes. San Salvador va ganando. Los niños del bus gris lo saben.

El año 2015 acababa de empezar. Era marzo cuando los 721 niños deportados de México ya representaban, para entonces, un aumento del 140% en la cantidad de menores de edad devueltos a El Salvador por esa vía. Para septiembre del mismo año, los niños deportados de territorio mexicano a Centroamérica superaban los 20 mil, 4 mil de ellos provenían de El Salvador. Más de 10 mil son guatemaltecos; 6 mil son hondureños. El dato se reveló en el marco del Día del Migrante. A nadie en Centroamérica, ni en ningún lado, pareció alarmarle el dato.

En menos de un año, la cantidad de menores salvadoreños deportados desde México incrementó en un 49%. Ningún noticiero local reportó la cifra. Huir, entre nosotros, es tan normal como respirar.

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Crédito: Omar Torres/AFP

Los salvadoreños y guatemaltecos llevamos décadas huyendo. Cualquier estudio sobre transnacionalidad que tome como base las experiencias de nuestros países dice lo mismo: somos economías preponderantemente agrícolas, pero de monocultivo: cuando cae el precio del café es que inician los problemas, porque se desata la migración hacia el norte. Luego vinieron las guerras, las masacres en la zona rural y el estatuto del asilo político que décadas de confusa política externa mexicana otorgaron a militantes de izquierda y perseguidos de ambos países (mientras encapsulaba y entorpecía a la propia izquierda local). Antes, México reconocía que nuestra gente huía de un infierno. Esto cayó con el Muro de Berlín.

Pero así como es cierto que desde nuestra colonización hemos sido una región pobre, también debemos tomar en cuenta que hemos sido desde entonces territorios violentos, xenofóbicos y autoritarios. Las relaciones de dominación colonial, en las que las medidas de prevención de la insubordinación se basaban en el uso del castigo público para inferir miedo y el terror en la población, fueron replicadas en el transcurso de los siglos por terratenientes, empresarios y jefes de gobierno por igual.

En Cultura y ética de la violencia. El Salvador 1880-1932, Patricia Alvarenga expone que los «alarmantes» índices de violencia de la posguerra en realidad no son tales; las tasas de criminalidad han sido constantes al menos desde el siglo XVIII, a excepción del conflicto civil en el país (1980-1992).

En Los rostros de la violencia, los autores recopilan diversos usos de violencia multinivel en la era poscolonial. En países como El Salvador, Honduras y Guatemala, donde las víctimas de homicidio suelen ser torturadas antes de morir y los cuerpos putrefactos son encontrados con diversas extremidades mutiladas, donde las formas de violentar se vuelven paulatinamente más crudas y explícitas, es hasta comprensible que nuestras escaladas de violencia sean percibidas como fenómenos nuevos y no una constante que lleva, y lo digo con temor, siglos.

Los menores de edad que ahora cruzan México solos no son los primeros ni serán ahora los últimos en huir de países en los que ser un hombre entre 13 y 24 años es tener un blanco en la espalda. Cientos de ellos, cálculos estiman que 300 por día, entran a Estados Unidos sin acompañantes, pero muchos, demasiados, son secuestrados por el narco o la Policía Federal mexicana en algún tramo del camino. Otros, abandonados por el coyote, se pierden en el desierto y nadie sabe por dónde empezar a buscar.

De alguna forma, este estallido de violencia tan escandaloso, el de los meses con 900 asesinatos, el de los casi 50 adolescentes y niños desaparecidos y asesinados mientras iban o volvían de la escuela cada año, de los 30 mil deserciones escolares (incluyendo traslados de centro escolar) debido a disputas territoriales entre pandillas, es totalmente desconocido fuera de territorio centroamericano. Nuestros migrantes, los niños y adolescentes expulsados de un país sobrepoblado, violento y corrupto, son invisibles una vez que cruzan la frontera norte de Guatemala.

Si bien se estima que la mayoría de menores de edad sale del triángulo norte de Centroamérica huyendo de la violencia, existen otros factores a tomar en cuenta. El exembajador salvadoreño en Estados Unidos, Rubén Zamora, considera que la estabilización económica de los migrantes irregulares de generaciones previas contribuye a explicar la otra cara de la migración de niños y jóvenes: la reunificación familiar:

La comunidad salvadoreña en Estados Unidos ha ido creciendo económicamente. De estar en un cuartito viviendo por tandas, ahora algunos pueden pagar 1,000 dólares y alquilar una casa de dos cuartos en las afueras de una ciudad. La madre empieza entonces a poder llamar a su hijo. Ahora más gente puede pagar el viaje para traerlos. Y claro que las maras y la situación de violencia en la región apresuran el proceso. La situación económica de algunos, mezclada con el miedo de que sus hijas ya tienen 14 años y puede ser violadas por las pandillas o reclutadas, hace que las traigan. No ven oportunidad de llevarlos legalmente a Estados Unidos y ven que la situación de seguridad en el país es complicada para sus hijos o para regresar a El Salvador. ¿Qué opción te queda?.

Es chocante que siendo México un país con constantes e históricas dinámicas migratorias similares a las de Centroamérica, que protesta al unísono ante el maltrato que sufre uno solo de sus ciudadanos en manos de las entidades migratorias estadounidenses, reaccione con impavidez ante los riesgos que enfrenta la diáspora de centroamericanos al cruzar territorio mexicano. Riesgos que incluyen a elementos estatales, como la Policía Federal y el Instituto Nacional de Migración.

Tanto la cantidad de abusos reportados como su gravedad ha aumentado de forma exponencial al menos desde 2006, mas el gobierno mexicano no ha querido, no ha podido o simplemente no le interesa reconocer que hay decenas de miles de centroamericanos cuya vida es arriesgada en su territorio, conscientemente, impulsados por algo que la población mexicana conoce tan bien como la centroamericana: el afán de supervivencia.

Podría argumentarse que el gobierno mexicano es incapaz de reconocer los riesgos que enfrentan sus propios ciudadanos en sus ciudades y estados, así que no puede esperarse que pueda hacer frente a los peligros que enfrentan los migrantes del sur. También podría decirse que la desidia federal no es dirigida exclusivamente a los centroamericanos, sino que simplemente les son aplicadas las mismas dinámicas xenofóbas y clasistas encontradas transversalmente en la sociedad mexicana y su relación con las poblaciones indígenas y los afrodescendientes. Nosotros, los centroamericanos en permanente huida, sólo somos daño colateral de las mismas dinámicas sociales poscoloniales que sentaron las bases de nuestra propia violencia. Y la suya también.

Los niños del  bus de Pullman de Chiapas que llega a San Salvador cada lunes  en la tarde no saben nada de dinámicas coloniales, de la historia en común, de las similitudes culturales entre el sur de México y Centroamérica. Nada saben tampoco de las reacciones marcadamente hostiles que su indocumentada presencia desata entre algunos sectores de la población mexicana, tan embebida en su propia crisis que no sabe, o no quiere saber, qué implica tener 12 años y huir de todo lo que se conoce porque es la única forma de seguir con vida. Porque allá, al otro lado del desierto, están sus tíos, sus padres, los primos que sólo conocen por Facebook. La nieve. Las escuelas a las que pueden caminar sin morir en el camino. La vida.

Conoce más de El centro que somos, el sur que no ven

Texto editado por José Luis García.

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1 Comentario en Los niños del Pullman gris

  1. Fedo Guerrero // febrero 4, 2016 en 09:11 // Responder

    Me encantó el artículo.
    Muchas felicidades.

    Fedo Guerrero

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