Cansada de tener suerte

El que a las mujeres se les atribuya –y también que auto-perciban– un logro o algún resultado como producto de la suerte –buena o mala– muestra la percepción sesgada hacia las acciones de las mujeres.

Por María Arteaga

Suerte: Encadenamiento de sucesos considerado fortuito o casual.

Se dice que “la suerte es un evento que ocurre más allá del control de uno, sin importar la voluntad propia, la intención o el resultado deseado[1]”.  Cómo producto del azar o de las creencias, la suerte supuestamente no obedece a ningún género, sin embargo las atribuciones que se dan alrededor de ésta cuando se trata de hombres y/o de mujeres sugiere algo distinto.

Algunos estudios sugieren que la naturaleza de los resultados y el contexto del observador (e.g., edad, género, etc.) afectan la forma de la percepción sobre un suceso. Para lo que las mujeres puede ser percibido (y atribuido) como suerte, para los hombres deviene en una explicación “racional” de índole causal, donde la suerte, como factor externo, no tiene inferencia.

Estas investigaciones muestran un claro impacto de género en las atribuciones causales: los éxitos de los hombres son en su mayor parte atribuidos a su capacidad (es decir, una causa interna), mientras que los éxitos de las mujeres tienden fuertemente a ser atribuidos a la suerte (es decir, una causa externa). Aunque los resultados pueden variar en función del contexto (i.e., si se trata de una sociedad con puntos de vista más igualitarios sobre las mujeres, esta tendencia disminuye), con mucha regularidad los fracasos de las mujeres, tienen más probabilidades de ser atribuidos a causas internas (e.g., fallo personal, defecto individual, etc.) lo que sucede en menor caso con los hombres.

Hace ya unos ayeres, comencé a salir con un chico proveniente de una familia digamos, acaudalada. Estaba de sobra si era simpático o bien parecido, lo importante era que tenía medios y por supuesto, que los empleaba conmigo. Amig@s  y conocid@s saltaban de alegría y se llevaban las manos a la cara mientras me decían “¡qué suerte tienes!”. Era común escuchar un “¡suertudota!” acompañado de un guiño o de gestos de complicidad con el codo. Y así, la gente a mi alrededor me hacía saber la buena fortuna que un chico así se fijara en una chica como yo.

Haciendo memoria, nunca escuché que a él le dijeran algo parecido “¡qué suerte que salgas con fulana!”, ni que le llamarán “suertudote”, aunque sí percibí expresiones de orgullo y satisfacción, como de alguien que ha conquistado algo. Es así como él tuvo éxito en la conquista y yo tuve la buena fortuna de que ser la conquistada.

Y como la suerte es veleidosa, no había que abusar de ella. Seguido de las congratulaciones por mi buena ventura, venía una lista de recomendaciones, sugerencias y advertencias, sobre cómo cuidar a la suerte: “qué te vea guapa siempre”, “no vayas a engordar”, “no le protestes mucho”, “no le tomes en serio cuando es rudo”, “perdónale, no quiso hacerlo”, “tranquila que no volverá a pasar”, “si le reclamas, ¡lo pierdes!”, “aguanta ya verás que cambia”, entre otros.

Convencida de que el destino me había favorecido con “creces”, lleve a cabo perfectamente la serie de consejos, aún a costa de mi propio abandono. Lentamente le fui transfiriendo el control de mi vida: la forma en la que vestía, cómo me peinaba, cómo debía hablar, qué debía comer, las amistades que tenía y el tiempo que podía pasarlo con ellas, hasta cómo debía ser y gozar en la cama. Si la idea era mantener a la “suerte” conmigo tendría que hacer de todo para mantenerla contenta.

En un brote de “locura” me planteé la opción de dejar ir mi suerte. Mi mejor amiga de aquel entonces me dijo “piénsatelo bien, no creo que esto te pase dos veces”. No se podría decir que era la única, el mundo a mi alrededor me hacía cuestionar mi deseos y repensar en mi “buena suerte”. Nuevamente persuadida de mi buena ventura, acepté mi suerte y continúe así hasta que me di de bruces con ella, literalmente.

Con todo, me asumí como una desventurada hasta que la buena suerte apareció de nuevo “tuve la suerte de ingresar a un posgrado”, “tuve suerte de ganar una beca”, “tuve suerte de encontrar otra pareja” y aparentemente tuve suerte en muchas cosas, muchas acciones en mi vida tenían un complemento común: “¡felicidades! ¡qué suerte!”.

Tiempo, experiencia y feminismo me dieron la oportunidad de comprender que lo masculino y lo femenino se expresan incluso en las distribuciones más ordinarias e impensadas del mundo y que las argumentaciones sobre mi suerte no eran casuales, sino que muestran que cada persona vive su destino sexuado[2], y este debe de ser social antes que fortuito.

El que a las mujeres se les atribuya –y también que auto-perciban– un logro o algún resultado como producto de la suerte –buena o mala– muestra la percepción sesgada hacia las acciones de las mujeres. El éxito para nosotras tiene un estrecho margen de autonomía y por tanto, la consecución de éste, suele explicarse por causas externas (e.g., suerte). Por su parte a los hombres se les concede el reconocimiento de sus acciones: logros, actividades, maniobras, etc. son atribuidos a sus capacidades, destrezas y habilidades es decir a causas internas, inherentes en ellos.

Por supuesto que el trayecto de la atribución a la auto-percepción es complejo, no sucede de forma inmediata sino por un largo proceso de significación social. Sin embargo, podemos ver como un “acto fortuito” se conjuga dentro del binarismo de género para difuminar nuestra capacidad de agencia personal, lo que continúa contribuyendo a la división “naturalizada” entre lo masculino y lo femenino.

La persistencia en que las capacidades asertivas –y racionales– son masculinas, acota los logros y acciones de las mujeres a un escenario tergiversado, cuya realización obedecerá –aparentemente– a su suerte. En esto subyace la confirmación de que los actos de las mujeres, incluso los más intangibles, no escapan a fuerza de las leyes de la feminidad.

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Referencias

Wittig, M. (2006). El pensamiento heterosexual. Monique Wittig, El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Egales, Barcelona.

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Suerte

[2] Por sexuación me refiero al “conjunto de fases biológicas y psicológicas que contribuyen a la caracterización de la sexualidad de los individuos de una especie, tanto su sexo genético, biológico y fisiológico como su sexo psicológico o identidad sexual y su “sexo objeto” u orientación sexual” (Wittig, 2006).

Texto editado por Pilar González.

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1 Comentario en Cansada de tener suerte

  1. buena revista, buen articulo “cansada de tener suerte” suena como titulo de telenovela, sin embargo tiene buenos conceptos, ademas de ser ameno y facil de leer y entender,sigan por el mismo rumbo, hay la llevan, seguire leyendo sus colaboraciones y les d

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