Las tres visitas del Papa Francisco

Este país recibió al Papa Francisco en medio de un espiral de violencia que parece interminable y con uno de los niveles más bajos de credibilidad de la clase política. Pese a las inalcanzables expectativas, lo que realmente nos dejó es la misma violencia, la misma hipocresía de la clase gobernante frente a los altos niveles de pobreza que enfrentamos y altísimas dudas sobre el Estado Laico. Pasada la visita papal, valdría la pena preocuparnos por crear nuevas formas de participación que deriven en mecanismos de exigencia eficaces hacia el mal actuar de los gobiernos actuales.

Ángela Guerrero Ángela Guerrero

Por Ángela Guerrero

Este país recibió a Jorge Mario Bergoglio en medio de una grave crisis económica, inmerso en un espiral de violencia que parece interminable y con uno de los niveles más bajos de credibilidad para la clase política. Sin embargo, no hubo una sino tres visitas del Papa.

La primera fue la de la clase política. Durante los seis días de visita, funcionarios públicos hicieron un uso abusivo de la imagen del Pontífice con el objetivo de presentarse ante la sociedad como representantes de la paz y la misericordia Vimos a una clase política que necesita de una autoridad moral y religiosa para legitimarse pues el trabajo que supuestamente realiza no le alcanza para ser reconocido por la ciudadanía.

La segunda, la de los creyentes que esperaban el paso del Papa con la esperanza de que la situación en el país mejorara aunque fuera por un instante. La gran mayoría de los practicantes vivió su estancia con la convicción de que una bocanada de aire fresco del Pontífice era suficiente para encontrar la brújula del camino perdido. Es decir, hicieron tregua frente a la situación dramática del país y salieron a esperarlo por horas para verlo un segundo y sentir que algo ha cambiado, aunque lamentablemente no sea así.

La tercera fue la de la oposición al gobierno actual. En esta visita gran parte de los críticos a las acciones del gobierno esperaron una enérgica declaración por parte de Bergoglio con respecto a la grave situación que el país enfrenta; posicionamiento que nunca llegó. En esta última me parece interesante que, en algún momento, a la oposición se le haya ocurrido que con la visita del Papa habría un cambio de rumbo en torno a los excesos de la familia gobernante.

¿En qué instante se pensó que, con la visita del papa, el gobierno retomaría responsablemente la investigación de los 43 estudiantes desaparecidos y aceptaría su mentira histórica? ¿En qué segundo se creyó que la austeridad con la que este Papa se ha presentado desde el inicio de su mandato serviría para que el presidente cambiara su forma tan cínica y ostentosa de gobernar, cuando el país cuenta con más de 50 millones de pobres?

Entre las tres visitas que se vivieron, lo que realmente deja el acercamiento con el Papa es la misma violencia, una política de seguridad semejante, la constante hipocresía de la clase gobernante frente a los altos niveles de pobreza que enfrentamos y, claro, altísimas dudas sobre el Estado Laico.

Pasada la visita papal, valdría la pena preocuparnos por crear nuevas formas de participación que deriven en mecanismos de exigencia eficaces hacia el mal actuar de los gobiernos actuales. Pero también ocuparnos por ser solidarios entre nosotros, por tener un país en el que hacer justicia sea uno de los pendientes más urgentes e importantes y para que la pobreza que día a día nos aqueja esté en camino de erradicarse.

Solo así las bendiciones y los buenos deseos que el Papa dio serán complementarios y no necesarios -como algunos creen- para que estemos más cerca de la justicia, de la igualdad y de la seguridad que tanto urge en México.

Conoce más de La partitura del gran garrote

Texto editado por Carlos G. Torrealba.

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