En defensa del uso abierto de nuestra ira

Este artículo intenta abordar cómo las mujeres están vedadas para expresar abiertamente cualquier emoción o actitud que sea percibida como desbordante, en especial si esta actitud no encaja dentro de lo que se considera su “naturaleza femenina”.

Por María Arteaga

En una reunión en un bar, una compañera fue acosada sexualmente cuando se dirigía al sanitario. Un sujeto la acorraló, la sujetó de ambos brazos, forcejeó para besarla.

Posteriormente, dos compañeros varones trataban de calmarla; otra amiga y yo, claramente enojadas, le pedíamos alguna seña particular de su atacante: -“¿de qué color era su cabello?,  ¿qué ropa traía?, ¿lo ves por aquí?”.

Ante nuestro evidente enfado uno de los chicos nos preguntó: -“¿qué van a hacer?, ¿le dirán algo?”-; acto seguido emitió una leve sonrisa y nos dijo que -“deberíamos calmarnos”-. Maura, mi igual ofendida amiga, le preguntó disgustadamente -“¿por qué deberíamos calmarnos?”-, y yo continué, -“pero acaba de pasar algo nefasto ¿cómo es que voy a estar calmada?”-.

Nuestro susodicho compañero levantó el brazo en señal de stop -acto simbólico para frenar nuestro comportamiento- y continuó: -“bonita situación que un par de chicas le paren bolas a un borracho… ¿qué dice eso de ustedes?, a ver ¿qué dice eso de nosotros?”-. Nuestro otro compañero interviene: -“¿y qué pasa si ustedes le encaran y él las agrede?, ¿le van a pegar también?”-.

Maura -más enfadada aún- interviene de nuevo y les pregunta: -“¿y si ustedes le hacen frente y les quiere golpear?”-, a lo que uno de ellos responde: -“Ah, ¡pues nos tenemos que defender!”-. Nuestro otro compañero en un tono un tanto paternalista también responde: -“a ver, no nos confundamos, no es lo mismo que dos chicos encaren a otro por atacar a su amiga, a que dos chicas lo hagan… no sé, ¡vamos!, algo así cómo y estas dos locas, ¿qué? Qué se puede malinterpretar, no sé, la gente se lo puede tomar de forma incorrecta ¿no?”-.

Mi compañera agredida interviene diciendo que está mejor y que no ha pasado nada, que lo “dejemos así”. Uno de los compañeros para zanjar la situación termina diciendo que para evitar lo sucedido previamente, a partir de ese momento, nos acompañarán al sanitario, finalizando: -“así estarán siempre seguras”-.

Este diálogo refleja un problema común: el cuestionamiento perene de nuestro performance -como obvias mujeres- fuera de la aclamada identidad femenina. La forma en la que aceptamos o rechazamos los preceptos tradicionales de feminidad en nuestra vida diaria aún no está exento de condenas. El cómo nos acercamos a deseado comportamiento femenino dentro de los distintos espacios sociales traerá consigo constantes reproches y descalificaciones o concesiones y autorizaciones.

Lo (in)aceptable no es igual para las distintas mujeres y puede responder a múltiples variables: clase, género, raza, edad, etc., tomando también diversas expresiones. La conjunción en distintos grados de estos factores pueden agravar o aminorar la opresión experimentada por las distintas mujeres bajo el patriarcado. Es claro que las prácticas de dominación masculinas están presentes en todos los espacios de poder, sin embargo, existe la posibilidad de que estas prácticas sean menores o mayores según el contexto del que se trate.

No es lugar aquí para desglosar la falsa atribución de la “naturaleza femenina” ni sobre la construcción cultural -¡y no las bases biológicas “naturales”!- del tratamiento desigual entre hombres y mujeres, ni de la dominación de las mujeres por los hombres (a.k.a. patriarcado). Lo que me interesa es mostrar algunos ejemplos de la forma en que el cuerpo y sus expresiones muestran la relación de un individuo con su grupo social, manifestando relaciones de control o subordinación.

Fundado sobre la “roca madre de la naturaleza”, las mujeres debemos lidiar las contingencias de nuestras vidas de manera muy reservada[1]. El silencio, el retiro, el sacrificio, la invisibilidad, la espera, la pasividad, la pureza, etcétera, son algunas de las estrategias socialmente aceptadas para que nuestro género lleve a cabo su estrecho margen de autonomía. En el momento en que una mujer llega a hacer asalto de la utilización racional y abierta de sus emociones, dispuesta a la resistencia e incluso a la lucha, niega su condición de víctima y representa un peligro para lo socialmente establecido.

Es así que viejos prejuicios difuminados dentro de lo políticamente correcto continúan estereotipando una supuesta naturaleza femenina (cariñosa, sumisa, reservada, etc.) y una masculina[2] (objetividad, agresividad, ambición, fortaleza, etc.). Como las mujeres no podemos rechazar simplemente los lineamientos patriarcales, a pesar de que se nos insta a desarrollar nuestro poder de agencia, a mostrarnos abiertas o claramente decididas, usualmente cuando lo hacemos nos vemos cuestionadas, se nos exhorta amablemente -aunque no siempre[3]– a mantener un bajo perfil, es decir, se nos recuerda que como mujeres, tenemos un lugar y es preferible no salir de él.

Es increíble cómo hasta ahora las mujeres seguimos desprovistas de canales para replicar la cultura patriarcal y cómo incluso para dar forma a las injusticias experimentadas tenemos que hacerlo dentro de los modos y las formas aceptables para la dominación masculina. En mi anécdota, lo incorrecto no era habernos enfadado sino haberlo mostrado abiertamente y haber querido hacer algo al respecto, “como un hombre lo haría”. La ira, es en cierto sentido un tabú para las mujeres (Rowe, 2011), a menudo conlleva a la idea de una revancha polarizada de las mujeres contra los hombres y no como un sentimiento válido para expresar nuestra indignación.

Para las mujeres resulta inaceptable -e incluso impensable- expresar la ira y en sí, manifestar cualquier emoción o actitud que sea percibida como desbordante, en especial si esta actitud no es propia de su “naturaleza femenina”. Aquellas mujeres que deciden rebelarse de los términos patriarcales y participar en el escenario social a menudo se perciben como excesivas o exuberantes: en el cuerpo, demasiado gordas o delgadas; en su voz, demasiado ruidosas o apagadas; en su autonomía, demasiado fuertes o demasiado incapaces, etc., (Rowe, 2011).

Lxs sujetxs que niegan los vehículos normalizados de las relaciones sociales pueden resultar grotescxs, hilarantes e incluso hasta incómodxs y ofensivxs. Las mujeres que reclaman su lugar como sujetos despiertan indignación, ser una mujer en sí causa recelo y éste es mayor si se trata de una mujer “ingobernable”. Ahora bien, el reclamo público, nos vuelve más visibles y con ello nos hacemos más vulnerables a las estigmatizaciones y a las agresiones. Desde la literatura, el cine, la televisión, el internet, pero también en la cultura popular, los dichos y refranes están plagados de ejemplos sobre personajes femeninos desbordantes, quienes en sus palabras y sus actos aparecen no como seres racionales o autónomas, sino como enfermas, locas, egoístas, crueles, malvadas e incluso hasta perversas.

Esto muestra que no importa lo que pase, nunca seremos suficientes. Esto crea un conflicto interno entre la demanda de ser femeninas y al mismo tiempo ser negociadoras. En un afán “conciliador” hemos caído en una especie de feminidad esquizoide donde hemos aprendido cómo ejecutar diversos personajes y a vivir con el hecho de disociarnos de acuerdo al espacio del que se trate.

Sin embargo, las etiquetas alrededor de nuestra rebeldía nos dicen mucho más de los temores masculinos y de la necesidad que impera para acatar un conjunto de creencias en el que los preceptos de género son un eje fundamental. Nuestra ira abierta transgrede el orden simbólico de lo estipulado por el patriarcado para lo femenino y en la disposición de reclamar y ejecutar nuestros propios deseos nos vamos formando lentamente como Sujetos.

En el momento que decidimos hacer uso abierto de nuestras emociones, especialmente de nuestra ira, confrontamos el rol pasivo que nos confiere la sociedad como objetos y nos hacemos sujeto de acción. Mediante la expresión abierta de nuestra irritación, de nuestro enfado, nos alejamos de la condición de víctimas pasivas que nos otorgan muchas veces las convenciones socio-patriarcales.

Por ello hago un llamado a enfadarnos, a expresar clara y ruidosamente nuestra irritación y nuestra ira, pero también nuestras emociones y nuestra alegría. El reconocer y aceptar nuestro cuerpo, nuestra sangre y nuestra fuerza, es condición esencial para trastocar los canales tradicionales de expresión a los que se nos confina. Gritar desde toda nuestra contradicción y nuestra ambigüedad nos llevará a alterar la capacidad en que somos vistas pero también las condiciones en las que nosotras mismas nos vemos.

Nota:

Aprovecho esta oportunidad para expresar mi rabia contra la ola de feminicidios en la ciudad de Puebla. Quiero recordar que esta violencia es cotidiana, es tolerada y es estructural. Tolerada socialmente porque la cultura machista, basada en el patriarcado, en las desigualdades entre géneros, han intoxicado conciencias al grado de aceptar que los ataques sufridos son “nuestra culpa”. Es estructural porque no es una prioridad para las instituciones quienes también minimizan la violencia y se eximen al trasladarla fácilmente al ámbito privado. Es cotidiana porque no hay lugar ni espacios donde no se exprese -aunque en distintos grados y formas-. Quiero gritar fuertemente que “no nos morimos, nos matan”.


[1] Loraux (1989, p.26) nos menciona como desde los griegos se hacía énfasis en que para las mujeres “no hay otro logro que el de llevar sin ruido una existencia ejemplar de esposa o madre[…]”. Sin ruido, la gloria (kleos) que es la palabra viva, aquella que da posteridad y fama, es de los hombres. Con ello la gloria de las mujeres consistía en carecer de ella.

[2] Por nombrar una vertiente, está la variedad de estudios que se enfocan en analizar las problemáticas experimentadas por las mujeres en los puestos de dirección o de poder. La mayoría de estos coinciden en que las mujeres a pesar de estar altamente calificadas son consideradas como carentes de las habilidades necesarias para mandar, lo que refleja que el cuestionamiento de su performance profesional se da por el hecho ser “mujeres”.

[3] Para muestra está el muy reciente #Gamergate o el caso de Caroline Criado-Pérez. El primero es un afamado caso de acoso que sufrieron un grupo de mujeres que señalaban el sexismo que existe en la cultura de los videojuegos. El segundo caso, se trataba de una periodista británica que inició una campaña para pedir al Banco de Inglaterra la inclusión de más mujeres en billetes, ofreciendo alternativas de mujeres importantes en la historia británica. En ambos sucesos, las mujeres involucradas en la denuncia fueron blanco de un fuerte acoso los medios sociales (Facebook, Twitter) recibiendo amenazas de violación y de muerte.


 

Referencias:

Loraux, N. (1989). Maneras trágicas de matar a una mujer. Visor distribuciones.

Rowe, K. (2011). The unruly woman: Gender and the genres of laughter. University of Texas Press.

Texto editado por Pilar González.

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2 Comentarios en En defensa del uso abierto de nuestra ira

  1. Leticia Quiroz // abril 20, 2016 en 12:39 // Responder

    Disculpen, este texto de quién es? No queda claro, es de María Arteaga, también?

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