La violencia invisible de las centroamericanas migrantes

Las centroamericanas que migran irregularmente hacia Estados Unidos son expulsadas por una serie de ejercicios de violencia multinivel que van más allá de la exclusión económica. Sin embargo, estos resultan invisibles en sociedades acostumbradas a hechos violentos cada vez más crueles.

Por Virginia Lemus

@Huishte

Las imágenes que retratan la violencia del norte de Centroamérica suelen ser masculinas. Hombres, muchachos o niños tatuados que marcan con las señas de sus manos su pertenencia a una manada criminal o un grupo social que devino violento debido a un ethos regional represivo y autoritario, dependiendo a quién se le pregunte. Esos mismos hombres, muchachos, niños muertos; mutilados, ejecutados por otros como ellos o la policía o el ejército, dependiendo a quién se le pregunte. Hombres matando a hombres. Esa es la violencia que se retrata.

Quizá porque nuestro entorno ha sido tan violento durante tanto tiempo, es difícil para nuestras sociedades reconocer formas de violentar que no acaben con el cadáver de un adolescente torturado en un cafetal. Por ejemplo, el cadáver de una adolescente torturada en un cafetal. El muchacho indudablemente habrá sido asesinado y torturado en virtud de su relación (o negativa a establecer alguna) con la pandilla local. Las mujeres mueren, se cree, por motivos distintos. La muerte de la adolescente torturada en el cafetal nunca será tan clara como la del muchacho. A ella pudo haberla matado un novio, un novio pandillero; un exnovio, un exnovio pandillero; un pretendiente, un pretendiente pandillero; un padrastro, un abusador, un violador…

Estos discursos tan marcados sobre la segregación de la violencia en virtud del género de la víctima han logrado también trasladarse al abordaje de la migración irregular. Hasta hace muy poco, el indocumentado, el repatriado, el migrante desaparecido en el desierto mexicano era un hombre joven. En Salcajá, Guatemala, hay un monumento al migrante. Una estatua de un hombre despidiéndose, con una mochila al hombro, representa a aquellos que, si sobrevivieron, ahora representan una fortísima entrada de capital en todo el triángulo norte de Centroamérica. Las remesas sostienen la superviviencia de incontables grupos familiares en la región.

Empero, es apenas desde 2010 que se empieza a reparar en el fenómeno de la migración irregular femenina, cuyos motivos podrían parecer mucho más complejos y ambiguos en una región que se niega a reconocer siquiera su estatuto como personas. Los fenómenos con los que se relaciona mayoritariamente a las olas migratorias de Centroamérica, como el alza de la violencia política desde la década de los años sesenta y la caída de los precios del café, el algodón y el banano, no suelen conectarse directamente con las mujeres que migran. Y es ahí en donde comienza su invisibilidad.

Las mujeres componen en el triángulo norte de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras) más del 50% de la población y la mayoría de cabezas de hogar. En 2015, el grueso de las mujeres deportadas desde México a El Salvador provenía de las zonas paracentral y oriental de este último país: zonas agrícolas. El 60.6% de ellas carecía de un empleo formal al momento de migrar. Hasta ahora, todo caza: mujeres empobrecidas de países pobres. Nada hasta ahora es violento porque la violencia económica contra las mujeres, su falta de financiamiento en la banca o su marginación del empleo formal es lo más natural del mundo. Las mujeres del triángulo norte migran para ser sostén de su casa. Nada nuevo bajo el sol.

Empero, hay otro tipo de mujeres que migran: algunas son madres, sí. Ellas carecen empleo formal. Algunas son menores de edad. Huyen de otro tipo de violencia.

Centroamérica registra tres de las mayores tasas de homicidios perpetrados en contra de mujeres a nivel mundial: el Alto Comisionado de  las Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR, por sus siglas en español) registra que El Salvador ocupa el primer lugar en la tasa de mujeres asesinadas en hechos violentos; Guatemala tiene el tercero y a Honduras le corresponde el séptimo. ¿Por qué estos datos son recogidos por una agencia de refugiados y no por un observatorio de violencia contra las mujeres?

Entre enero y agosto de 2015, ACNUR trabajó de cerca con mujeres cisgénero y transgénero en proceso de solicitud de asilo humanitario en Estados Unidos. Ellas provienen de El Salvador, Guatemala, Honduras y México. Si bien consideran que el factor económico tuvo incidencia en su decisión de huir de sus comunidades de origen, aquellas de origen centroamericano centran en distintas expresiones de violencia su principal motivo para huir. Las mujeres centroamericanas huyen para vivir. Pero las niñas también.

Las violencias doméstica, económica y estructural, aunque dolorosamente presentes, palidecen ante la incidencia de la violencia sexual y de pandillas reportada por las mujeres y menores de edad expulsadas de sus comunidades y países de origen. Si bien ambos grupos padecen de asedio, marginación, extorsión y acoso, el tipo de violencia que experimentan depende grandemente de su rango de edad.

Las mujeres de edad media, con hijos preadolescentes y con empleos de subsistencia, usualmente son extorsionadas económicamente o forzadas a colaborar con la pandilla mediante el pago de una extorsión (denominada renta) requerida a los comerciantes de la zona controlada o mediante la captura y transmisión de información sobre operativos policiales y movimiento interno de la comunidad. Las más de las veces, amenazas a la integridad física de estas mujeres son utilizadas por las pandillas para reclutar forzosamente a sus hijos. O la pandilla se venga atentando contra la familia de quien perciben adversario. Una vez muertos ellos, o sacados del país, huyen ellas tras intentar fallidamente incorporarse a otra comunidad donde nadie las conozca, donde no tienen familia, donde no son nadie.

Pero las adolescentes y niñas prepúberes que residen en territorios controlados viven una historia quizá más cruenta y más invisible: las adultas mueren, pero las jóvenes desaparecen. Los ejercicios de poder y control ejercidos por las estructuras delincuenciales regulan cada movimiento de la vida en comunidad, incluido el ejercicio sexual de las adolescentes. Las jóvenes son vistas como objetos sexuales a poseer, forzadas a entablar relaciones erótico-afectivas (como les llamaríamos si fuesen voluntarias), a convertirse en jainas (pareja femenina de un pandillero) so pena de tortura, violación, asesinato y desaparición. La vida de la cónyuge del pandillero, lo sea voluntariamente o no, pertenece a la pandilla.

Estas macroagresiones de tipo sexual se hunden en un mar de ejercicios violentos que se desacreditan en la discusión colectiva por ser “ínfimos” en virtud de la tasa de asesinatos de hombres jóvenes. Como si una negase a la otra y no pudiesen ambas trazarse hasta encontrar su origen común: el legado de las masculinidades tóxicas en el ethos autoritario de la región.

Invisibilizadas, desplazadas y sin oportunidad real de un proceso judicial transparente y con un régimen de protección a víctimas efectivo, estas mujeres y jóvenes ven en la migración irregular una última esperanza de supervivencia. Pero lo más revelador del peso de las reiterativas violencias que viven las mujeres pobres de los países pobres antes de huir de sus comunidades está en un inesperado paso que estas mujeres toman antes de salir de El Salvador: ellas visitan la unidad de salud más cercana. Van por anticonceptivos.

Un estudio con mujeres repatriadas en El Salvador revela que el 70% de ellas sufrió abusos sexuales en territorio mexicano. La probabilidad de ser sometidas a esclavitud sexual o ser víctimas de trata de blancas por ser mujeres es exponencialmente superior a similar riesgo en migrantes hombres. Sin apoyo del sistema de justicia, y en un desgarrador ejercicio de agencia y resignación, las mujeres que migran desde El Salvador suelen hacer una última parada en su centro de salud local y pedir “la pastilla para el camino”: un anticonceptivo de largo efecto. Si la violencia sexual es casi inevitable, si para vivir tienen que cruzar un país en el que van a violarles o les obligarán a prostituirse, si eso es necesario, su único ejercicio de poder sobre sí mismas es evitar un embarazo. Y lo harán, lo hacen, lo seguirán haciendo para poder perseverar en su radical ejercicio de estar vivas.

Conoce más de El centro que somos, el sur que no ven

Texto editado por Martín López Gallegos.

La responsabilidad del contenido de los textos publicados por la Revista Ala Izquierda corresponde a sus respectivos autores. Cualquier cuestión relativa a los mismos puede ser informada a través de nuestros canales de comunicación. El Consejo Editorial se reserva el derecho de retirar en cualquier momento los textos que violenten los derechos de terceros. Editor responsable: José Luis García.

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1 Comentario en La violencia invisible de las centroamericanas migrantes

  1. Nancy Hernández M. // marzo 22, 2016 en 11:33 // Responder

    Muy buen texto que refleja la terrible realidad de las mujeres migrantes. Sólo quiero señalar que en el texto se utiliza el término “trata de blancas”, el cual es incorrecto, pues hace mucho la trata dejo de ser un asunto sólo de mujeres blancas, por eso lo adecuado es hablar de trata de personas (que incluye a los niños, niñas, mujeres y hombres adultos, de cualquier color o raza) o en este caso específico trata de mujeres.

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