Yo nunca, nunca…

Esta entrada tiene como finalidad ilustrar un problema general que persiste aún en muchas sociedades: creer que unx puede estar exento de la dominación masculina. Muchxs de nosotrxs juraría a mano alzada que no es machista y que nunca ha ejercido violencia de género contra otrxs, pero el asunto no es tan sencillo, y va más allá del simple hecho de “querer” participar o no él.

Por María Arteaga Villamil

Hace un tiempo en Barcelona tuve la oportunidad de participar en un seminario sobre la visibilización de las violencias de género. El grupo en el que participaba estaba enfocado en la violencia simbólica o lo que actualmente se conoce como “micromachismos”.

Todxs en el grupo formaron un círculo y el taller comenzó cuando una compañera preguntó si sabíamos que era la violencia de género y si algunx de nosotrxs alguna vez había experimentado o ejercido dicha violencia. Lentamente, cada unx de lxs 25 participantes fue respondiendo. La totalidad de ellxs asoció la violencia de género al hecho de golpear a las mujeres y asimismo todxs ellxs respondieron que nunca habían sido afectados o habían participado en este tipo de violencia. Al llegar el turno de las tres presentadoras, nos limitamos a responder que efectivamente habíamos sufrido violencia de género y que ciertamente también la habíamos ejercido, lo que causó estupor en lxs participantes. Las caras de nuestrxs observadorxs se mostraron asombradas –o confundidas– ante nuestras respuestas, pues cómo nosotras “mujeres modernas”, “educadas”, “empoderadas” ¿podíamos haber sufrido violencia? Pero sobre todo ¿cómo fue que participamos en ella?

Al comenzar a explicar en qué consistía la violencia de género a través de la “pirámide de la violencia” lxs participantes descubrieron que el asunto no es tan sencillo y que si bien la agresión física es parte del problema, es sólo una parte –la más evidente– de él. La parte más compleja fue explicar aquella violencia que no sé ve (violencia simbólica) pero que es parte primordial de la estructura de dominación en contra de la mujer, i.e., la sociedad patriarcal[1].

Si me están leyendo, ya algunxs están exclamando: ¡No otra vez! Sin embargo, creo que esta viñeta me sirve de ejemplo para ilustrar un problema general que persiste aún en muchas sociedades: creer que unx puede estar exento de este tipo de dominación. Muchxs de nosotrxs juraría a mano alzada que no es machista y que nunca ha ejercido violencia de género contra otrxs, pero el asunto no es tan sencillo, y va más allá del simple hecho de “querer” participar o no él.

Primero que nada debemos recordar que el patriarcado, es una construcción histórica que ha cambiado a lo largo del tiempo. Cabe resaltar que el patriarcado no sólo se expresa en las acciones de dominación masculina, sino también en la forma en que funcionan y se organizan las instituciones, espacios, relaciones, experiencias, narrativas, de todos los seres humanos y cuya base es, en esencia, la división y diferenciación entre los sexos -hombre/mujer-.

A raíz de esta diferenciación, se da la idea de que “natural” o biológicamente, hombres y mujeres nacen “programados” para ser de cierta manera. La sociedad promueve –y controla– esta división (construcción social del género) pero además favorece lo masculino vía la denigración de lo femenino. Un hombre fuerte es un “héroe” o un “valiente”, un hombre débil es una “niña”, un “maricón”, un “puto”. Por otro lado una mujer que actúa o se adjudica los cánones masculinos es tachada de “machorra”, “marimacha”, “tortillera” o “lesbiana”.

Lo anterior establece una relación de causalidad circular que difumina las relaciones de dominación masculina, cuyos comportamientos, prácticas, ideas, etc., de lo que debe ser propio de mujeres y de hombres atraviesa todos y cada uno de los aspectos de la vida social: lugar en el grupo familiar, actitudes de crianza, juegos, vestimenta, educación formal, expectativas profesionales, ingreso al mercado de trabajo, desarrollo laboral, ritmo y forma de la vida sexual, relaciones sentimentales, etc.

En este punto muchxs de ustedes disentirán y harán el recuento del gran número de mujeres graduadas universitarias, de mujeres que trabajan, de mujeres que participan en la vida política y toda esa perorata estadística. Incluso pensarán ¿pero qué dices?, si mi hermana, mi madre, mi tía, mi prima, mi novia, mi esposa, mi vecina, etc., ha estudiado/hecho/dicho lo que ha querido… En fin, me dirán que eso del patriarcado/androcentrismo/machismo ya pasó y que si sucede, seguro es en la Conchinchina, porque en sociedades justas eso no va más.

Puede ser cierto que varias cosas han cambiado y que la dominación masculina ya no es solo aquella pura y dura (e.g., violencia físicamente directa tales como la agresión física, gritos o insultos, entre otros) y aunque dentro del imaginario social –especialmente en aquellas sociedades llamadas “occidentales”– mucha gente está convencida de que el patriarcado/androcentrismo/machismo es cosa del pasado, si observamos más profundamente, existe un elevado número de comportamientos de control y dominio “sutil” muy recurrentes y bastante naturalizados e invisibilizados al que siguen sujetas las mujeres en la vida cotidiana. Antes de que digan ¡bahh! ¡Piensen! ¿cuántas veces han juzgado –negativamente– a una mujer que ha tenido varias parejas sexuales?, ¿cuántos comentarios –negativos– han hecho sobre las características de la ropa que usan las mujeres?, ¿cuántxs de ustedes aseguran que las “verdaderas” mujeres deben ser así o asá [sic]?, ¿cuántxs de ustedes creen que una mujer no puede ser experta en deportes?, ¿cuántxs de ustedes piensan que su pareja no puede tener muchos amigos varones y mucho menos pasar tiempo a solas con ellos?, ¿cuántxs de ustedes no se creen con el derecho supremo de opinar, dirigir y controlar la vida de sus parejas, esposas, hermanas o hijas?

No atribuiré estos actos de dominación/subordinación al simple paralelismo de hombre=malo vs. mujer=buena. Muchos de estos comportamientos no se llevan a cabo intencional o maliciosamente (aunque tampoco voy a negar que muchxs agentes actúan de forma consciente), sino que son inherentes al proceso de convertirse en hombre y mujer hoy en día. Las personas de todas las identidades de género pueden perpetuar las relaciones patriarcales, incluso si sólo las personas de sexo masculino cosechan la mayor parte de los beneficios de este tipo de relaciones. Y he aquí el ejercicio de reconocimiento: ustedes varones, por el simple hecho de serlo, continúan gozando ventajas de un sistema que suscribe múltiples beneficios y justifica acciones, ideas y comportamientos. Las mujeres –y demás personas adscritas a lo femenino– seguimos siendo accesorios, adjuntas, complementarias, pero nunca iguales.

Ahora bien, también existen aquellos hombres quienes han logrado percibir sus privilegios pero muchos de ellos caen en el mansplaining, i.e., bajo una postura supuestamente “bien intencionada” pero sobre todo como seres omniscientes, quieren explicar a la mujer acerca de la forma y el modo de sus derechos “sin tener en cuenta el hecho que la persona que está recibiendo la explicación sabe más sobre el tema de la que persona que lo está explicando” (Rothman, 2004). También es cierto que hay otros que además de percibir sus privilegios, los cuestionan y no están dispuestos a reproducir formas paternalistas o discriminatorias para afirmarse en el mundo. Lamentablemente esta facción es minoritaria respecto al grupo que aún busca ejercer sus prerrogativas, ventajas, o privilegios de forma natural e incuestionables.

Cómo muchas de las formas de opresión, el patriarcado ha triunfado en su intento de convencernos de que “el orden de las cosas” es así, “natural”, hasta el punto de considerarlo como algo normal y por ende, inevitable. El orden patriarcal, no sólo es el esfuerzo continuo de los hombres para dominar a las mujeres, es un orden social en el que participamos TODOS y TODAS incluso de manera inconsciente. No crecemos ni vivimos aisladxs sino en sociedad por lo que, las distintas instituciones (familia, escuela, Estado, Iglesia, etc.) como producto de las relaciones entre personas, con regularidad están guiadas por normas y códigos de la sociedad de la que forman parte. Aunque nuestra vida NO puede ser llevada a cabo fuera de la estructuración de relaciones entre los géneros, SI podemos luchar para desmontar o abandonar los privilegios que reproducen.

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 Referencias:

Bonino, L. (2004). Los micromachismos. La Cibeles, 2, 1-6.

Bourdieu, P. (2001). Masculine domination. Stanford University Press.

Fontenla, M. (2008). ¿ Qué es el patriarcado?. Gamba, Susana, Diccionario de estudios de género y feminismos. Buenos Aires: Biblos.

Rothman,L. (1 de Noviembre, 2012) “A Cultural History of Mansplaining”. The Atlantic. Disponible en: http://www.theatlantic.com/sexes/archive/2012/11/a-cultural-history-of-mansplaining/264380/


Notas:

[1]Por patriarcado se entiende el sistema de relaciones sociales sexo–políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurada por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, mediante el uso de la violencia (real o simbólica). Los efectos de la subordinación patriarcal no son los mismos para todas las mujeres y puede tener diferentes expresiones según contexto geográfico, relaciones de clase, adscripción de sexo-género, diferencias generacionales, entre otros. (Fontenla, 2008)


Texto editado por Pilar González. La responsabilidad del contenido de los textos publicados por la Revista Ala Izquierda corresponde a sus respectivos autores. Cualquier cuestión relativa a los mismos puede ser informada a través de nuestros canales de comunicación. El Consejo Editorial se reserva el derecho de retirar en cualquier momento los textos que violenten los derechos de terceros. Editor responsable: José Luis García.

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1 Comentario en Yo nunca, nunca…

  1. Hola, he leído algunas de tus publicaciones y me llama la atención el énfasis e interés que imprimes al tema de violencia de género.
    Soy mujer, mexicana y no me menoscaba eso, al contrario estoy consiente de la problemática que existe, pero considero que ahondar continuamente en el tema y satanizarlo, lejos de solucionarlo lo engrandece.
    Independientemente de lo antes señalado me parece paupérrimo intentar ganar seguidores a base de la empatía de un sector agredido y con un tema que se encuentra en voga.
    Ojalá pronto pueda leer algo más enriquecedor de tu autoría.
    Saludos

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