Sincronías políticas

La tensión central entre la movilización social y la participación electoral se deriva de una ruptura en la vivencia del tiempo. Para sincronizar luchas se requiere de un marco de referencia temporal que unifique, y sincronice, acciones.

Por Erick Limas

El tiempo ha sido una inquietud constante que ha permeado en todas las disciplinas y campos del saber. San Agustín, ante la pregunta por el significado del tiempo, respondió “si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Con Einstein el tiempo pasó de un movimiento absoluto a un fluir relativo al marco de referencia del individuo y aunque la cuestión podría parecer ajena a las ciencias sociales, no lo es así.

El tiempo, en particular la vivencia del tiempo, es la fuente de tensión entre dos formas de participación política: la vía electoral y la movilización social. En la primera el marco de referencia está dado por un reloj institucional, en el que el tiempo transcurre conforme a ciclos regulares de precampañas, campañas y elecciones.  De manera que se vive el tiempo desde una regularidad continua, en la que el presente se extiende en la forma de un gran “ahora” que abarca desde la precampaña (o quizá antes) y hasta la elección (o quizá después).

Por otra parte, desde los movimientos sociales el transcurrir del tiempo está dado por otro marco de referencia, con rupturas que lo hacen discontinuo y aceleran o ralentizan. El marco de referencia puede ser de corto plazo (construir un hospital), de mediano (luchas sindicales) o de largo (democratización).  Desde los movimientos sociales la velocidad del tiempo es una función inversa de la distancia a la meta. Si la movilización es por demandas que deben solucionarse en el corto plazo (construir el hospital)  el tiempo se acelera y la participación política es veloz, con cierre de calles y asambleas que generan una sucesión inmediata de eventos. Por otra parte, si la movilización es por demandas de largo alcance, que miran hacia un futuro ubicado en un lugar incierto (democratización, instauración del socialismo, etc.), entonces el tiempo se ralentiza. Se trata de un devenir temporal que a veces se detiene y otras se acelera, pero que siempre espera por condiciones propicias. El futuro se ensancha y la participación en el presente (la vía electoral) deja de ser relevante.

Así, a pesar de las múltiples coincidencias que motivan ambas formas de participación, la vivencia del tiempo genera una ruptura que trunca la convergencia entre ambas. Esta tensión estuvo presente en las elecciones pasadas, cuando abstencionistas y promotores del voto de castigo se enfrentaron mutuamente, dejándose llevar por las diferencias y pasando por alto las coincidencias y aspiraciones comunes. Desde el voto de castigo el futuro es un lugar distante, por lo que hay una sensación de inmediatez que implica actuar (votar) ahora. Desde el abstencionismo el presente carece de sentido y votar es, paradójicamente, una pérdida de tiempo. Ambos están inconformes, pero tienen relojes distintos.  De ahí la imposibilidad de sincronizar acciones. Es necesario un reloj común, como en las orquestas, en donde el director mide el tiempo y cada instrumento lo sigue, sincronizando así la sucesión de notas.

El sistema político mexicano ha sido muy hábil para romper sincronías. Gestiona problemas creando expectativas o cede cuando la sincronización parece inminente (por ejemplo, cuando dieron marcha atrás al desafuero de AMLO). Sin embargo, cabe preguntarse si ante una masa crítica sincronizada, capaz de generar cascadas de participación, el statu quo tendrá capacidad respuesta. La historia nos dice que no. La revolución iraní o la derrota de Pinochet son ejemplo. ¿Cuándo se dará la sincronización de luchas? Difícil saberlo, pero conjeturo que una condición necesaria es que unos y otros tengan la misma demanda, porque sólo así el marco de referencia temporal será el mismo para todos y el tic tac del reloj transcurrirá de manera uniforme entre los involucrados. Siguiendo a Nassim Taleb, la sincronía política sería un Cisne Negro, un evento de colas anchas que no puede anticiparse pero que habrá de emerger gobernado por las leyes del azar. Se cuenta que los legionarios romanos rompían formación al cruzar un puente; la razón es un fenómeno conocido como resonancia mecánica en el que la sincronización de la marcha genera un efecto oscilatorio que puede colapsar la estructura. No es necesario golpear fuerte, lo importante es hacerlo al mismo tiempo.

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*MP

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