Always Say You’re Mexican, parte II

La centroamericanidad que debe ocultarse mientras se migra irregularmente no resurge al llegar a Estados Unidos. La mimetización con lo mexicano es necesaria en lo académico, lo social y lo comercial incluso para los migrantes regulares o de segunda generación, quienes deben aprender a ser mexicanos primero antes de convertirse en estadounidenses.

Por Virginia Lemus

Para leer la parte I, clic aquí

 Always say you’re Mexican

Always speak ínglish en la calle

They’ll leave you alone

 

Es un lunes cualquiera en la pupusería que queda cerca de mi casa. La dueña del negocio no está y dos comensales le preguntan a don German, su esposo y administrador de la pupusería, qué fue de ella. “Le salieron los papeles[i]. Se fue con su familia a Los Ángeles”.  Han sonado las dos palabras mágicas: de repente, diez comensales que no tienen en común más que la cena empiezan a intercambiar relatos. Sumando a las pupuseras y a don German, somos 17 personas en el local. Todos tenemos familiares en California.

Para muchos en El Salvador, llegar a California es como tocar la Tierra Prometida. La mayoría de los migrantes salvadoreños está ahí. Hay cuadras y cuadras enteras en Van Nuys, en Pico-Union, donde se vosea. En la zona del Distrito de Columbia y Maryland hay tiendas donde pueden comprarse corvos[ii] y Kolashampán[iii], pupuserías del tamaño de canchas de básquetbol. Ambos enclaves difieren en algo central: si bien la mayoría de salvadoreños en Estados Unidos vive en California, no son la población latina mayoritaria; ahí representan un 15%. En el área de DC/Maryland, los salvadoreños sí son la población latina más grande, con un 32%.

Pero estos son números. Hasta ahora, tampoco tan serios: sigue siendo más fácil moverse en Los Ángeles a punta de español que hacerlo en DC. Pero entra una duda: ¿qué clase de español hablan los salvadoreños migrantes en Estados Unidos?

En total, hay dos millones de salvadoreños en Estados Unidos, superando por más de 100 mil a la cantidad de cubanos en el mismo país y creciendo casi el doble de rápido que dicho grupo. Como referencia, los cubanos son el tercer grupo de hispanos más grande en Estados Unidos. Todos parecen saber cómo suenan los cubanos, pero nadie sabe cómo suena un salvadoreño. A veces, ni siquiera los salvadoreños mismos.

Es de noche en Van Nuys. Es 15 de septiembre y mis tíos, toda mi familia paterna está borracha en el patio: es el Día de la Independencia en Centroamérica[iv] y la calle entera está cerrada. Los vecinos, todos centroamericanos, se reunieron para hacer tamales, nacatamales[v], atol y pupusas. Los vecinos de la calle siguiente, todos mexicanos, se quejan del ruido y llaman a la policía. Hemos empezado la fiesta demasiado temprano, según ellos, porque la independencia de México se celebra en la madrugada del 16 de septiembre. “La calle de los cerotes” está por tener otro encontronazo con los vecinos.

“Cerote” es una palabra de uso coloquial en Centroamérica. En su origen es un insulto: un cerote es un pedazo de mierda. Empero, entre personas de confianza, cerote puede significar afecto. “¿Qué ondas, cerote?” es saludo común entre amigos en Guatemala, Honduras y El Salvador. Pero cuando la usa alguien que no pertenece al círculo de confianza, “cerote” es un insulto tremendo. También es el término con el cual la comunidad mexicana de California se refiere a los centroamericanos.

Los centroamericanos de California, incluso los que no tuvieron que disfrazar su acento al cruzar México, incluso los que nacieron en Estados Unidos, descubren tarde o temprano que mimetizarse con lo mexicano es necesario para conseguir empleo, para conseguir amigos, para hacer academia[vi], para no ser maltratados en la escuela. El estado ideal de mimetización en algunas familias migrantes de primera generación, como la mía, es lograr casarse con alguien de México. Son los mexicanos quienes usualmente poseen negocios propios (lo cual significa posible empleo para los familiares salvadoreños) o tienen seguro médico, así que la estabilidad de muchos centroamericanos pasa por lograr ser percibidos como mexicanos, incluso cuando son salvadoreños y la suya es la cuarta población latina más grande en Estados Unidos.

A pesar de la cantidad de salvadoreños en Estados Unidos, la nuestra es una migración relativamente reciente. Es muy difícil encontrar salvadoreños de tercera generación versus, por ejemplo, mexicano-americanos de quinta o sexta generación. Debido a la proximidad geográfica y la propia geopolítica del sur de Estados Unidos, la presencia mexicana ha sido más antigua, más fuerte y más permanente, así que lo que se entiende por “latino” suele significar únicamente “lo mexicano”, al menos en la costa oeste.

Always say you’re Mexican

They’ll think you’re from here

Mexicans have always been here

This used to be Mexico

La mimetización exitosa es importante también ante los ojos de los gringos. La mayoría asume que Guatemala, Honduras, El Salvador son lugares remotos en México. Están cómodos con eso porque México y los mexicanos es algo que les resulta familiar, para bien o para mal. Es cómodo, más fácil, más conveniente decir que se viene de México. El Salvador, Guatemala y Honduras suenan a guerra, a muerte, a pandillas. Nadie quiere nada de eso en su negocio. Los mexicanos son confiables. Para conseguir trabajo con los gringos, sea en el ámbito que sea, sonar mexicano es prioridad.

Para muchos migrantes, el ser centroamericano es algo que se queda en casa. El voseo, el acento, las palabras que suenan a casa —chunche[vii], chilero[viii], lápiz tinta[ix], diacachimba[x] deben quedarse en la esfera de lo seguro, recluido entre aquellos que, como vos, comparten el venir de un sitio más chico, más lejano, más problemático. El precio de la huida, de lograr escapar con vida y haber llegado a la Tierra Prometida suele ser la identidad nacional.

Esto es algo que no parecería tan grave si sintiese afecto alguno por el país en que nací, tan convulso, tan sádico. En el triángulo norte tenemos la movilidad como segunda naturaleza, lo cual quizá sea una forma amable de decir que nuestros países son invivibles. Por eso mismo, la idea de agarrar mis cosas y vivir en un sitio donde nadie sabe de El Salvador es casi idílica. Al menos eso pensaba hasta que fui a un estadio californiano a ver un partido de fútbol.

La selección de El Salvador jugaba un partido amistoso contra Honduras. Las afueras del estadio, construido para el fútbol americano, parecían un carnaval del pueblo de mis papás: decenas de puestos de comida típica, de carne asada, de ventas de banderas azules. Un partido que en El Salvador u Honduras habría sido tenso a raíz de nuestros conflictos fronterizos, en Los Ángeles parecía una oda a la centroamericanidad. Mis tíos, cerotes de esos que tienen que fingir mexicanidad para sobrevivir, no cabían de gusto al oír poco a poco su acento regresar, de encontrar entre sus vecinos de asiento a migrantes más recientes que tenían todavía vivo el arrastre del seseo, el que suena a casa. En eso, el himno nacional empezó.

Nunca he sentido mayor afecto por esa canción que supuestamente nos representa. Tampoco me he visto tentada a saludar a la patria orgullosa de hija suya poderme llamar, pero hay algo muy poderoso en ver a miles de personas atragantarse en llanto a la mitad de lo que para mí, salvadoreña nacida y residente en San Salvador, es una cursilería sin fin y que para ellos era el único momento del año en que podían ser salvadoreños en público. Miles y miles de salvadoreños gritaban su origen en un estadio construido quizá por otros como ellos, que reemplazaron Jocoro[xi] por Guerrero cuando les preguntaron de dónde venían y que ahora, rodeados de otros como ellos, podían por fin decir El Salvador.

La invisible salvadoreñidad está sujeta también a los matices del inglés. Hablar español es siempre un riesgo cuando no se ha logrado la mimetización perfecta con la entonación y los modismos mexicanos. La mitad de los hogares salvadoreños en Estados Unidos, según Pew Research, habla inglés en la calle.

When you speak inglish en la calle

And you say you’re Mexican

They’ll leave you alone

Mis tíos rara vez salen de Los Ángeles. No lo necesitan: hasta hace muy poco, en el centro se encontraban con un supermercado y un banco salvadoreños, así como un Pollo Campero, una franquicia guatemalteca de pollo frito que los salvadoreños adoptaron con fervor profético hace casi 50 años. Pero en Los Ángeles siempre hablarán con acento mexicano, estén en donde estén, porque es más práctico. José Luis dejó de serlo hace 30 años, cuando llegó a Los Ángeles. Ahí se convirtió primero en Pepe y luego, cuando aprendió a hablar inglés, en Joe. Pero Pepe o Joe o José Luis, quien quiera que sea mi tío para sí mismo, toma un avión cada tres meses para ir a comerse un par de pupusas no en su pueblo ni en San Salvador, sino en Washington D.C. Ahí, en una pupusería gigantesca con una bandera de metros y metros de longitud, él se sienta, saluda a todas las pupuseras y ante un plato de dos revueltas de arroz vuelve a ser quien dejó de ser cuando puso un pie en Los Ángeles: Chepe[xii].

Always Say You’re Mexican es un ensayo de Marlon Morales publicado en Izote Vos: A Collection of Salvadoran American Writing and Visual Art (Kim et al, 2000). A él agradezco poner en palabras el dolor de tantísima gente.

Conoce más de El centro que somos, el sur que no ven

*cb


[i] “Le salieron los papeles”: obtuvo la residencia legal en Estados Unidos.

[ii] Un corvo es un machete con la punta curva.

[iii] Un tipo de soda con sabor a champán, producida en San Salvador

[iv] Entiéndase las cinco provincias tradicionales: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica.

[v] Los nacatamales son nicaragüenses. Literalmente, la palabra nacatamal significa tamal de carne.

[vi] Nadie discute la legitimidad académica de los Mexican/Chicano Studies en California, Arizona o Nuevo México. Empero, hay muy pocos académicos dedicados a Central American Studies o sus trabajos son absorbidos por aquellos que pertenecen a la primera categoría.

[vii] Chunche: en Centroamérica, incluida Costa Rica: cosa.

[viii] Chilero: en Guatemala, algo muy bueno.

[ix] Lápiz tinta: en Honduras, un bolígrafo.

[x] Diacachimba: en Nicaragua, algo muy bueno.

[xi] Jocoro es un municipio del norte de El Salvador, casi fronterizo con Honduras.

[xii] Chepe: en Guatemala, Honduras, El Salvador, diminutivo de José.

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