Cómo cargársela con buenas intenciones…

Últimamente somos testigos de que una parte de la sociedad cada día está menos dispuesta a tolerar actos misóginos por muy dicharacheros que estos sean. Ante las desventuradas declaraciones por parte de un cantante mexicano del género regional, usuarixs de redes sociales mostraron su desagrado ante expresiones que consideraban sexistas. Sin embargo en el inter(sic) las respuestas reproducían una idea clara: el machismo es cosa de pobres.

 

Por María Arteaga Villamil

En las últimas semanas, ha sido impresionante observar las múltiples respuestas en contra de las diferentes formas de violencia de género[1]. Como ejemplos me remito a la última controversia generada por el videoclip del cantante Gerardo Ortiz o las desafortunadas declaraciones del también cantante Julión Álvarez. Ambos casos han dejado claro que, aunque se trate de un guión ficticio o una anécdota dicharachera, una parte de la sociedad cada día está menos dispuesta a tolerar actos misóginos.

Estos eventos tuvieron un efecto bastante mediático (particularmente en las redes sociales) e incluso las declaraciones del último cantante mencionado fueron sometidas a “debates” (aunque de forma banal y/o pasajera) en canales de entretenimiento televisivo del país. Ahora bien, aunque celebro que distintos sectores de la sociedad comienzan a mostrar desacuerdo ante el histórico parangón mujer = ama de casa, lo que no me parece para festejar es que una parte de las respuestas y comentarios, especialmente las que se dieron en medios digitales, tenían un claro y terrible componente: el clasismo.

Aunque este no es un caso ejemplar y podríamos hacer un recuento largo y tendido de otros sucesos, lo que es cierto es que dada la coyuntura del país (#24A) este lid estuvo presente por mucho tiempo en los medios. Desventuradas declaraciones por parte del cantante encontraron eco en usuarixs de redes sociales, quienes respondieron con gran desenvoltura reproduciendo lugares y estereotipos comunes que desembocaban en un plano: el machismo es cosa de pobres. Y es que al parecer, una parte de la sociedad mexicana se incomoda con el paralelo mujer = ama de casa pero no muestra ningún escozor con el de pobre = violento/macho/ignorante (entre otras atribuciones dentro del círculo de la estrechez).

Las respuestas “no dejaron lugar a duda”: lxs que pegan a las mujeres, lxs que hacen declaraciones misóginas, son aquellxs otrxs en condiciones sociales menos ventajosas. Porque la gente bien, lxs que han asistido a la universidad, lxs que tienen educación y sí han cursado la primaria son incapaces, dentro de esta imaginería ilustrada, de ejercer violencia de género.

Ante esta garrafal presunción me gustaría aclarar dos cosas. La primera tiene que ver con algo que he argumentado previamente y es que, aunque no puedo soslayar la relación directa que puede existir entre la clase social y la violencia de género[2], lo que sí puedo afirmar es que TODXS, incluso aquellos considerados como más “letradxs”, “educadxs”, “cultxs”, “abiertxs”, “modernxs” pueden ejercer y reproducir cotidianamente la violencia de género. Segundo, que como relación de desigualdad no se encuentra sola ni aislada, y puede ocurrir al lado de otras tales como los privilegios de clase, el racismo, el heterosexismo, entre otras.

Estas expresiones muestran que hemos aprendido a identificar un acto de violencia, pero todo dentro de las formas dominantes, es decir, en el reconocimiento de un acto vejatorio (sexismo) continuamos relaciones de discriminación y/o subordinación (clasismo). Así, las respuestas revelan cómo una serie de personas se establecen como mejores porque se eximen de la violencia de género debido a su supuesta pertenencia de clase. Esto es interesante porque nos deja ver cómo se forma una retórica moral que tiene como finalidad estigmatizar a lxs pobres.

A través de un discurso que entremezcla la conmiseración y la culpa, se construye una idea de que la la violencia de género ocurre sólo en situaciones de marginación económica que a su vez está asociada al déficit de carácter. Con ello, lxs sujetxs con menores recursos son vistxs como culpables por ser demasiado ignorantes, o como inapropiadxs para recibir y transmitir habilidades que puedan mejorar su condición social.

Es así como los problemas estructurales (e.g., desigualdad en el acceso a los recursos) se difuminan en una serie de discursos que construyen a la gente en condiciones de precariedad como distinta (i.e., inferior) no sólo porque son “menos capaces de controlarse” sino además porque están “menos dispuestos” a hacer algo para salir de sus condiciones de marginación.

Y así tan fácil, en aires ufanos nos cargamos con el potencial transgresor y transformador de la concientización contra la violencia de género, pues aunque hemos comenzado a retar el sistema de dominación patriarcal lo hacemos a costa de otras formas de subordinación social (i.e., clasismo). La serie de respuestas ayudan más a reforzar estereotipos negativos sobre poblaciones con escasos recursos que a llamar la atención sobre la violencia de género. Por lo que, a pesar de las “mejores intenciones”, la idea de que se estigmatice a cierta parte de la población (e.g., los pobres, los iletrados, los residentes de áreas rurales, etc.) como la más propensa a o como la más susceptible de ejercer/sufrir violencia de género   desintegra cualquier esfuerzo posible para poder desmantelar cualquier sistema de opresión.

La cosa que debemos tener siempre presente es que para ejercer violencia no es necesario levantar la mano. Cuando se afirma que la violencia contra la mujer es parte de cada uno de los espacios de la estructura social, se quiere decir que no hay espacio o relación que no exprese esta opresión o que esté exenta de llevarla a cabo. Lo mismo ocurre con otros tipos de violencia (económica, heteronormativa, etc.).

Si no se reconoce que, incluso cuando la insuficiencia económica no forma parte de la biografía de las y los sujetos, estxs pueden ser propensos a ejercer (y sufrir) violencia de género, nos seguiremos moviendo por la vida muy frescxs y dispuestxs a atribuir etiquetas y a reproducir otras fuentes de poder y privilegio. Es claro que una parte de la sociedad mexicana ha logrado vislumbrar la problemática de la violencia de género, no obstante debemos tener cuidado, ya que discriminar y estereotipar a menudo van de la mano.

Esto significa que nuestra tarea más importante es reconocer los fundamentos estructurales de una determinada subordinación sin negar otras experiencias que están mediadas a través de otras formas estructurales de la opresión. Pensar lo uno sin el otro no sólo es ingenuo sino supino. Nuestro combate contra la violencia de género debe adoptar estrategias conscientes de la existencia de estructuras más grandes de violencia que dan forma a la diferentes realidades de las personas. De lo contrario, esta “sensibilización” que hemos alcanzado hasta ahora no resultará en ningún cambio social radical necesario para socavar las condiciones de subordinación de las mujeres, sino de todxs aquellos que se ven oprimidos dentro de nuestra sociedad.

Conoce más de de_genero

*th


[1] Por supuesto, mención y análisis aparte merece lo ocurrido con el hashtag #MiPrimerAcoso, el cual sirvió para visibilizar las situaciones diarias de hostigamiento a las que se enfrentan las mujeres en México. Sin ir a más, esto sentó precedente para que distintos contingentes feministas organizaran una gran marcha nacional en contra la violencia de género (#24A) en la Ciudad de México, e incluso en otras ciudades del país.

[2] Reafirmo que esta relación no es total ni excluyente y variará en grado y forma en función de distintos factores tales como la adscripción al sexo-género, la clase social, la raza, la etnia, la edad, entre otros.

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