La discreta radicalidad del reformismo: la élite frente a la Ley 3 de 3 y el impuesto a la herencia

No es un secreto que la burguesía mexicana ha crecido al amparo del estado. Las privatizaciones de la década de 1990 crearon millonarios de la noche a la mañana. Dos leyes reformistas, dos respuestas reaccionarias de la élite política y económica mexicana.

Alejandro de Coss Alejandro de Coss

Por Alejandro de Coss

Dos leyes reformistas, dos respuestas reaccionarias de la élite política y económica mexicana. La Ley 3 de 3 y la propuesta de Democracia Deliberada por un impuesto a la herencia fueron recibidas con cerrazón, en el primer caso, y con franca burla, en el segundo. Estas reacciones indican, considero, una potencial radicalidad en dos propuestas que son en sí reformistas. Esta radicalidad, sin embargo, no está dada. Debe ser trabajada a través de la disputa política e ideológica para lograr realizar su potencial.

La historia de la Ley 3 de 3 es ya bien conocida. 634, 143 firmas la llevaron a ser considerada por el Congreso. Sus peticiones parecerían modestas: declaración patrimonial, declaración fiscal y declaración de conflictos de interés del servidor público, su cónyuge y dependientes económicos. No es siquiera un intento por redistribuir riqueza o impedir la creación de mágicas fortunas desde el erario. Meramente es una cuestión de información; mira, aquí está la élite y esto es todo lo que tienen.

Contra esta sencilla idea es que el grupo en el poder ha reaccionado. Pablo Escudero y Emilio Gamboa, del Verde y el PRI respectivamente, rechazaron el carácter obligatorio de la publicación de las declaraciones, así como la inclusión de las familias de los servidores públicos. Las razones que usaron fueron sesudas, de una profundidad incalculable. “Se desataría una cacería de brujas”, dijeron los avezados servidores públicos. En otras palabras: hay tanta mierda aquí que acabaríamos todos en el ojo público. Rechazar una ley por temor a que haga lo que debe hacer en materia de combate a la corrupción parece excesivo incluso para una élite tan cínica como la mexicana.

No es un secreto que la burguesía mexicana ha crecido al amparo del estado. Las privatizaciones de la década de 1990 crearon millonarios de la noche a la mañana. Carlos Slim, por supuesto, es el principal ejemplo. Germán Larrea ha conducido a Grupo México, dejando una estela de muerte y destrucción solapada por el estado. Ricardo Salinas Pliego, desde la concesión gubernamental de la televisión, ha creado un imperio mediático, bancario y comercial caracterizado por la usura y la desinformación. No es de sorprender, pues, que a todos estos personajes la segunda propuesta que menciono –el impuesto a la herencia–, les parezca una cuestión escandalosa e impensable.

Para entender la posición de la élite económica (que se entrelaza, por supuesto, con la política) no hay que ir muy lejos. Las palabras en el noticiero Hechos AM de Arturo Damm, economista por la Universidad Autónoma Metropolitana, son una buena síntesis. El intelectual del régimen dice, repitiendo cánones económicos obsoletos, caros a nuestra élite, que esto es poco más que una ocurrencia. Para restar autoridad a la propuesta, sustentada en múltiples estudios realizados en todo el mundo, se le adjudica a un grupo caracterizado como doblemente subalterno. Primero, son mujeres. Segundo, son marxistas –una ideología caduca para esos que siguen pregonando, contra toda evidencia, que hay un mercado que soluciona los problemas que el estado crea.

La doble arrogancia de Damm no es gratuita. Responde a su posición dentro del entramado de las clases sociales en México. No es meramente un vocero de Salinas Pliego (no puedo asegurar o negar que responda a una llamada del jefe). Es algo más que eso. Es un guardián celoso del privilegio de la élite, no tan distinto a Escudero o Gamboa. Es un propagandista haciendo su trabajo desde el púlpito de la televisión, como respuesta a una propuesta que, si bien utópica, tiene el potencial de alterar profundamente la correlación de fuerzas entre clases sociales en México. Es una señal clara de que la burguesía sabe bien que su privilegio se fundamenta en desigualdades históricas, sostenidas a través de la acción selectiva del estado mexicano.

Una acotación. Las propuestas provocan una reacción de tal magnitud no por su solidez abstracta. Importa también quién las materializa. Ambas vienen de grupos de profesionistas y académicos, con altos capitales económico, social y cultural. Salen de la pluma y la voz de individuos y grupos que tienen influencia y legitimidad. El epíteto “señoras marxistas”, por ejemplo, denota claramente este temor. Se busca construir a Democracia Deliberada como un grupo marginal precisamente por no serlo, al menos desde una perspectiva de clase. El impacto mediático y político de ambas propuestas no se encuentra sólo en su contenido. Es necesario también considerar el lugar en el que han sido construidas.

La reacción de la élite a estas propuestas, habiendo considerado no sólo su contenido, sino su lugar de producción, abre perspectivas interesantes para la articulación de políticas progresistas. Queda claro que el régimen de privilegio que sostiene a una burguesía dependiente del aparato estatal es más frágil de lo que aparenta. Para abrirlo al escrutinio público, propiciar su caída en la búsqueda de construir un sistema más justo y lograr reducir la pobreza y la desigualdad en México, no hace falta demolerlo todo –al menos por ahora. Basta presionar en el lugar adecuado, exponer la opulencia que viene de la injusticia y la explotación, y poner a la élite y sus intelectuales a la defensiva.

Esta estrategia, campo de acción de grupos progresistas (dentro y fuera de partidos políticos) que ejercen poder e influencia, tiene una responsabilidad que es, a su vez, un límite. Se trata de articular las propuestas con aquellas que vienen desde las clases subalternas: indígenas, trabajadoras y otros grupos históricamente marginados. En ellos no sólo hay una riqueza práctica y teórica que debe ser considerada. Hay también una visión crítica que viene de la experiencia material de la desigualdad y la violencia. Este conocimiento –praxis– puede y debe ser una guía que esté al menos al mismo nivel que aquellos grandes estudios que sustentan las propuestas de política pública y legislación progresista. Así, la promesa radical que repta en el reformismo podrá tomar la posición protagónica y, de esta forma, dar paso a la búsqueda de una transformación profunda de la desigualdad que impera en el México contemporáneo.

Anuncios

Populares

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: