Y de la noche son…

Cuando necesitas pagar por belleza o juventud, es porque ya perdiste ambas.

Fernando Guerrero Fernando "Fedo" Guerrero

Por Fedo

¿Las cosas del amor?

En la Ciudad Gris cayó la noche.

Esa noche azulosa cuajada en smog. En lento aire de luciérnaga contaminada. Las estrellas incluso parecen venenosas, como medusas cargadas de ponzoña azul, allá en el cielo trasnochado de taberna. Otras estrellas moribundas deambulan la calle; estrellas que se les escapa la juventud, la belleza, la salud, la risa, el tiempo que no perdona en aletear rápido de libélula mortuoria; esas estrellas viajan a toda a prisa hacia un hoyo negro, se adelantan al hocico desdentado de la vejez… una vejez malsana -predadora- que los manosea y escupe… Mis estrellas que pronto se apagarán: para ustedes va este artículo. Que pronto sean cometas en una galaxia donde titilen sin que nadie se atreva a mancillar su luz. Esa luz que sólo centellea una vez para después morir en el aullido sidoso de la noche.

Conocí a Nancy en el Parque Hundido caminando por la madrugada. Nancy es prostituta de feminidad apócrifa, o sea es hombre, o lo era, no sé. Nos hicimos amigos platicando en la parada del metrobús, le pregunto de sus clientes, de su vida, ella de la mía, le contesto: soy abogado, no pareces: me retruca, ríe, reímos, nos caemos bien, me dice que soy guapo y ya con eso se gana mi simpatía. Le cuento que me encanta conocer gente de forma azarosa –como a ella-, le confieso de mi obsesión por la adrenalina, el misterio, la aventura, le revelo mi descaro, mi indiferencia a la moral, me río travieso y ella asiente. Es cuando me comenta la idea: Conozco un lugar donde chicos más o menos de tu edad le bailan a caballeros por dinero ¿no te gustaría hacer un artículo de ello? Me quedo callado y me lo pienso, mi lengua gana y dice: Sólo si me puedo hacer pasar por uno de esos chicos ¿crees que se pueda? Nancy retruca mi respuesta diciendo: Mi niño, todo se puede en esta vida menos revivir.

Pasan semanas hasta que Nancy me contacta y me pregunta si de verdad quiero ir al lugar. Le digo que sí y concertamos la cita. A unas cuadras de Eje Central está el lugar.  Una noche envenenada por el miedo, la promesa del peligro; me imagino la cara de mis amigos cuando lean estas líneas y se pregunten cómo jodidos me atreví a algo así. Dentro, las luces fenecen en baratos watts sobre focos de neón. Parece todo de cartón o de cartoon.  Nancy me presenta al manager de las estrellas: un hombre obeso de unos cuarenta años. Le platico mi idea y no parece tan convencido, sin embargo su mirada de mercader me aprueba, me escanea adivinando cómo me miro sin ropa… Me veo bien al parecer, pues accede a sentarme junto a las estrellas: una hilera de jovencitos en bóxers acurrucados sobre una tarima, iluminados por foquitos.

-Necesitas escoger una canción- me dice Nancy.

-¿Para qué?

-Para que te presenten. Para que te escojan los señores.- ríe con doble sentido.

Entonces le digo: -“Mírame Bailar” de Kenny G. y Bárbara Muñoz- No la tienen, entonces pido “Kumbala”, y Kumbala es mi carta de presentación aquella noche.

 Se llena el lugar. Los jovencitos a mi lado tienen 23, 22, 21, 20… Todos me dicen que estudian. Nos parecemos se podría decir. Dos de ellos son colombianos y su acento cadencioso –dicen- les gana más clientela.

Y la clientela: la vejez desdentada, predadora, reptil; esa vejez deseosa de caricias que nunca tuvieron, que no aprendió a mirarse en el espejo intentando patéticamente de ocultar la carne floja, la alopecia por peluca o peinado de revés, la cana por peróxido; la vejez que cosifica, que mancilla en vez de aconsejar; esa vejez indigna llega pues con su lengua a recorrer orejas, a lengüetear cuellos, a prometer… Prometer escape a estos cometas. Se encienden las canciones y van presentando a los jóvenes de izquierda a derecha. Los viejos se pelean, subastan, elevan la apuesta, compiten por despedazar a besos la belleza que se sienta avante, codician como piara hambrienta el pedazo de carne firme que se les escapa; sus manos torpes tropiezan con billetes de la quincena recién ganada, berrean, se arrastran, gritan, manotean… Tristemente las estrellas escogen a uno, ahora se ven opacos al hacerlo. De la mano rugosa se desvanecen en uno de los cuartos atrás de la tarima, mansitos arrastrados al lecho senil de los besos colgantes de pellejo.

Mi turno pasa igual que los anteriores. Unos viejos se emocionan mientras otros me desechan. Río, pues seguramente aquí es el único lugar donde pueden darse ese lujo narciso. Ese desprecio –como de mirar mercancía incompleta- seguramente lo han padecido incontables veces. Ellos, soñadores de caricias de un efebo, no han captado la gran verdad que palpita en esa mezclilla ajustada que intenta disfrazar la piel colgante: En este mundo triste, homosexualidad no rima con vejez. Son momias opacas, en albanene coloreadas, sin embargo adictas a la ambrosía jovial. Los besos, ellos los compran, mientras que cualquier de estas estrellas (incluido yo) podemos obtenerlos gratis: eso parece enfadar al Ancianato consumista. En paradoja estos despojos, producto de un sistema plástico que hace eones los mandó al abismo, reproducen con saña en este microcosmos lo que la vida diaria les ha hecho: son tan invisibles y feúcos para la superflua realidad que acá escupen, insultan, manotean, desdeñan, socavan, en desquite a su ostracismo homosexual.

Me escudo entre mis subastadores diciendo que no, que muchas gracias pero que espero a mi cliente. Se enojan y barbotan mientras me escabullo a inspeccionar los cuartos. Encuentro otras estrellas que no había visto, más jovencitos ocultos tras cortinas: detrás de la tarima hay un laberinto de cuartos donde las estrellas moribundas sucumben a los embistes de la vejez morbosa. Hay condones sobre el piso y un aullido punzante de SIDA se esparce por los cuartos, pues muchas prácticas sexuales son hechas a pelo a petición de las gargantas vejestorias. Ves a los abuelos, a los tíos, a los papás, reptar entre los charcos de mierda y semen intentando manosear la mayor cantidad posible de partes juveniles. Una explosión de brazos, piernas y caritas, como si un cochecito lleno de muñecos se hubiera estrellado contra un muro. ¿Cuánto dura una estrella escupida de esa forma? ¿Por cuánto tiempo brilla antes de morir? ¿Cuánto le dura el fulgor antes de ser cambiada, arrojada junto a los vejestorios que la violan? ¿Cuatro? ¿Tres años? Porque eso dura la efímera etapa de los veintes a rápido galope.

La apacible muerte parece un mejor destino que terminar carroñando juventud. Indigna vejez que depredas efebos en vez de protegerlos, repito mientras busco a Nancy. Yo soy uno más, un producto en calzones vagabundeando por los cuartos. Los subastadores me preguntan varias veces por mi precio. Se enojan cuando les digo que no. Bebidos se envalentonan, agreden, desean tocar. Soy un muñeco plástico/Mattel más sin etiqueta hasta que encuentro por fin a Nancy emborrachada en un sofá. Me siento junto a ella y le digo: –Vamos a cenar Nancy, yo te invito.

Bebida se emociona y me dice: -Ay muñequito ¿cenar a dónde? ¿No ves que ya es harto tarde? ¿no te gustó el lugar?

-No precisamente- le digo –Aunque no me ha decepcionado-. Tomo a Nancy del brazo y le pido mi ropa al Manager.

-Todos son mayores de edad- me aclara el Regente al entregarme mis prendas.

-Es verdad- conviene Nancy.

El aullido sidoso de la noche otra vez ruge, arrastrando a los dos colombianos a las fauces carcamales de un sapo que les dice que les pagará más sin condón. Aceptan. Mirando cómo me visto se despiden con la mano, tragados por los besos urgentes de su sapo. Llevados a un aposento privado, los dos príncipes sudamericanos desaparecen cuando el Sapo Rey cierra la cortina.

-Adiós colombos- les digo. Pienso que “colomba” significa paloma en mapuche. No sé por qué la imagen se queda vibrando en mi testa cuando salgo del lugar. Paloma. Alas. Vuelo. Esa noche, Nancy y yo cenamos en un Sanborns. Caminamos todo Eje Central sin hablar casi, confortados en ese silencio mutuo.

-Me gusta la ciudad así- me dice Nancy- Calladita, calladita.

-Me gusta a mí también- le digo.

Frente a nosotros veo a una pareja joven que se come a besos. Afortunados, pienso, disfrutando su pequeño paréntesis jovial donde no existe moneda de por medio: mero trámite entre iguales. Regalándose besos sin pensar en precios, Nancy y yo los vemos alejarse, fenecer junto a las sombras que retroceden en las calles grises.

Conoce más de Mirilla

*cb

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3 Comentarios en Y de la noche son…

  1. Hola Fedo, ¿para qué desconsolar más al mundo? Tu indagación de los instintos homosexuales me recuerda al México cotidiano: el escolar de las mañanas, el que grita en el estadio Azteca o el que gobierna. Un país profundamente miserable. Parece que no tendrá remedio. Gracias por escribir con la misma violencia, lo primero que debemos hacer es mirarnos así, sin temor. (Espero que mi comentario sea turnado contigo.)

    • Fedo Guerrero // mayo 19, 2016 en 08:28 // Responder

      Hola Julio.
      Muchas gracias por leerme, aprecio mucho los comentarios que me dejan.
      Creo que no es cuestión de países sino de condición humana. Parece un círculo miserable del que no se puede salir, y en cambio es fomentado. Curiosamente vi muchos anillos de casado en esos dedos urgentes; lo que me confirma aquello que dices de mirarse sin temor. En este lugar se escupe, se gotea, se excreta,,, para después regresar a la rutina de apariencia gris.

      Gracias Julio, nuevamente por leerme sin temor.
      Un abrazote, allá donde me escribas.
      Fedo.

  2. Emiliano Ende // julio 6, 2016 en 14:25 // Responder

    Primo, como estas… muy bueno soy Emiliano

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