Se buscan putas y jotos

En medio de sucesos como Orlando, en medio del odio y la represión del conservadurismo, quizás convenga rescatar las lecciones de la Revolución Sexual del siglo pasado. En un mundo que no se ha cansado de dictar cómo las mujeres y los hombres se deben comportar, conviene hacer de nuestros cuerpos un espacio de lucha.

Por Georgina Jiménez Ríos

Una de las personas más maravillosas que he conocido y que más quiero en el mundo, salió del clóset hace poco. A pesar de vivir en un microcosmos hiper liberal en la cosmopolita Ciudad de México, Paco, llamémoslo así, la pasó bastante mal e incluso salió a escondidas con hombres mientras nuestros demás amigos sospechaban que salía con su mejor amiga. Después de mucho, nos lo dijo a todos en una cena. No sé si lo decepcionó la reacción comunal, pero, para nuestros amigos, escucharlo confesar su preferencia sexual fue como escucharlo confesar que prefería el helado de vainilla sobre el de chocolate. No lo hacía diferente, nada cambiaba, además de que ahora podríamos hablar hasta el cansancio de lo sexy que es Fassbender en “Steve Jobs”.

Escuchar a mi amigo decirse abiertamente gay me permitió conocer su proceso sin prejuicios de su parte ni de la mía. Usted disculpará, fui educada en una familia poblana y conservadora y mi pasado frecuentemente hace que pregunte y diga cosas horribles sin darme cuenta. Una vez, por ejemplo, pregunté, “¿duele tener sexo gay?, digo porque el sexo “normal” también duele.” Paco ha sido tan paciente conmigo como se puede ser y hemos podido compartir desde mi enorme ignorancia, pero desde el cariño que le tengo, un camino que nos ha permitido encontrarnos a nosotros mismos en medio de formas distintas de vivir las relaciones humanas.

Lo digo así porque el proceso no ha sido exclusivamente suyo. Yo, siendo una mujer educada en una familia conservadora y católica, también he pasado por un proceso en el que gradualmente he podido asumir y abrazar mi sexualidad. A la par, pero a distintos ritmos, hemos descubierto lo feliz que nos hace asumir nuestros deseos, ser uno con nuestros cuerpos y entenderlos como parte fundamental de quienes somos. La jornada personal por la que me ha llevado mi educación conservadora y mi crecimiento personal han despertado en mí una enorme curiosidad por la forma en la que la gente ha entendido su sexualidad en la historia.

Justo ahora estoy en la revolución sexual de la segunda parte del siglo XX y sobra decir que en ese entonces el sexo era una forma de disidencia. Como lo diría Jerry Joplin en su manifiesto Do it!. “Los tiroteos, los sucesos en los campos y las demostraciones—entre más largos, mejor—eran orgías comunitarias. El movimiento entendía el sexo como un arma. Desnudarse en público era un acto moral”. En este tiempo, el cuerpo era espacio de lucha y protesta. Coger, bailar o tocar como y con quien se te antojara era un acto extremadamente político.

Cada que leo cosas así, me sorprende que, a pesar de todos los manifiestos, a pesar de las quemas de brassieres y de las proyecciones atiborradas de películas pornográficas en los años 60, hayamos avanzado tan poco en corporizar nuestras vidas. ¿Es acaso posible que 25 años después creamos que la gente merece ser asesinada por hacer con su cuerpo lo que le dé la gana? Pues sí, al parecer sí.

Hace unos meses, en una fiesta, mi amigo Paco comenzó a bailar con otros gays al ritmo de “Oops I did it again!” y de “Todos me miran”. A esas alturas de la fiesta, el alcohol y el cansancio me tenían acurrucada en un sillón esperando irnos. Sin pensarlo, empecé a grabarlo; como una especie de mamá orgullosa que no puede evitar grabar la alegría de su hijo. A la fecha no sé si entiende por qué lo hice, pero para mí fue increíblemente lindo verlo ser tan libre, bailando cómo quería y sin miedo a ser juzgado, en un ambiente que, por fin, de verdad por fin, le permitía ser él mismo.

Cito este episodio porque, en medio de sucesos como Orlando, en medio del odio y la represión del conservadurismo, quizás convenga rescatar las lecciones de la Revolución Sexual del siglo pasado. En un mundo que no se ha cansado de dictar cómo las mujeres y los hombres se deben comportar, conviene hacer de nuestros cuerpos un espacio de lucha. Por eso, se buscan (en toda la extensión de las palabras) putos, putas y jotas. Que bailen más descarada y grotescamente. Qué se vistan de rosa, con tutús y lentejuelas (si quieren) o que no se vistan siquiera. Qué cojan más y mejor y que reclamen el cuerpo como el territorio que les pertenece.

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