Adiós a todo eso

Ante los eventos de hoy, no tenemos otra opción: es necesario organizarnos, politizarnos, trabajar colectivamente. La izquierda debe basarse en la solidaridad y abrazar la pluralidad que es una realidad en nuestras sociedades.

Comunicado de Ala Izquierda

Hace veintisiete años, el viejo orden mundial, el de la Guerra Fría, colapsó inesperadamente. La división bipolar dio paso a un mundo con una potencia hegemónica y surgió la idea de que la democracia liberal era irreversible. Hoy, atestiguamos de igual manera el fin de un orden global. La elección de Donald Trump es nuestro Muro de Berlín en el siglo XXI. No obstante, este evento no fue repentino, sino que ocurrió después de muchos anuncios: la Gran Recesión que inició en 2008, el aniquilamiento de la socialdemocracia, la crisis de la deuda en la Unión Europea, el movimiento Occupy. En 2016 sólo atestiguamos cómo el resquebrajamiento de este ahora antiguo régimen se aceleraba.

Lo insólito es que nuestras élites se sorprendieran ante esto. El viejo orden se regía bajo la idea de que la democracia podía existir con una igualdad en papel en la que todas las personas gozaban de los mismos derechos, pero sólo unos cuantos podían realmente ejercerlos. Éste era, y es aún, el mundo de la libertad de unos pocos y la marginación de la mayoría.

Las élites, nuestros gobiernos y expertos se autoengañaron. Desde el principio de la década de 1990 existía el sentimiento tácito de que los valores liberales, el mercado y la democracia avanzaban en el mundo y que no había una alternativa que los sustituyera. Aunque a veces estos principios retrocedían o su expansión se ralentizaba, al final resultaban ganadores.

Otros momentos históricos de alta globalización, como aquél que antecedió a la Primera Guerra Mundial, ya nos habían mostrado que la interdependencia generada por una economía global y el sistema representativo son frágiles. Las élites prefirieron mirar hacia otra parte: “esta vez será diferente”, se decían. Mientras tanto, con sus políticas económicas crearon enemigos internos, llámese Trump, Farage o Le Pen; y alienaron a la vieja clase trabajadora en la que los discursos xenófobos y nacionalistas hicieron eco.

Mientras la izquierda dormitaba en una mal llamada ‘Tercera Vía’ y abandonaba conceptos que le son esenciales como la lucha contra la desigualdad, la derecha (la peor derecha) aprovechó el vacío dejado por las fuerzas políticas progresistas. Peor aún, los partidos de izquierda en el poder, en vez de democratizarse para atraer y promover las demandas de los movimientos surgidos de la crisis económica de 2008, los combatieron activamente. Ahí donde estos movimientos consiguieron espacios institucionales como Podemos, Jeremy Corbyn o Bernie Sanders, los viejos partidos de izquierda hicieron todo lo posible por sabotearlos y mantener sus mínimos espacios de poder. Así, de manera indirecta terminaron siendo cómplices del surgimiento de la derecha populista.  

El cambio en el orden global ya sucedió. ¿Qué nos queda? Mirar para adelante, y con el miedo y el enojo reconstruir la izquierda. Sí, es izquierda porque nos enfrentamos a una alternativa política basada en la exclusión y en el desprecio a la igualdad y la pluralidad. Debemos abandonar el espejismo de que la democracia y los derechos se mantienen por sí mismos. Sí, los derechos deben ser la base de cualquier comunidad política, pero éstos implican igualdad no sólo en papel, sino social y económica. La libertad no puede existir en una comunidad en la que la desigualdad es sistemática y profunda.

Debemos luchar por transformar la democracia representativa, y admitir que ésta es sólo posible bajo el principio de igualdad política y material. Ante los eventos de hoy, no tenemos otra opción: es necesario organizarnos, politizarnos, trabajar colectivamente. La izquierda debe basarse en la solidaridad y abrazar la pluralidad que es una realidad en nuestras sociedades. Hoy más que nunca, debemos sostener estos principios y defenderlos con orgullo ante la oleada de exclusión y xenofobia que acaece en el mundo. Hoy más que ayer, estamos convencidas de ser de izquierdas.


Ala Izquierda es una organización que pugna por una democracia incluyente, un sistema de partidos abierto e izquierdas plurales. Reconocemos que el valor más preciado en nuestra sociedad es la libertad y, partiendo del igualitarismo como nuestra premisa primordial, establecemos nuestros principios fundamentales e irrenunciables: progresismo, crítica, ecologismo, cosmopolitismo, y feminismo y diversidad.

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