Una agenda para la Ciudad de México

Hace veinte años, la izquierda ganó por primera vez el gobierno de la ciudad. Hoy, el proyecto que tardó más de quince años en construirse se encuentra en una crisis profunda. La brecha que separa al gobierno de la ciudad y su discurso con la realidad que vive la mayoría es cada vez mayor. Mientras se habla de una ciudad global que atrae inversión extranjera, la ciudad expulsa ya no sólo a pobres, sino también a las clases medias de sus delegaciones centrales. Mientras se repite como mantra el término “resiliencia”, la corrupción y la inseguridad nos han arrebatado la tranquilidad de caminar nuestras calles. Mientras se afirma hasta el cansancio que somos una capital de derechos, millones de personas hacen trayectos de más de dos horas en un deficiente y mal distribuido transporte público, y otros millones carecen de agua que se desvía a Santa Fe y a otros grandes desarrollos.

Creemos que el éxito de una ciudad debe medirse no por su número de rascacielos o centros comerciales, sino por el número de personas que tienen acceso a una vivienda digna. Defendemos que las libertades de una ciudad se reflejan en la realidad cotidiana de sus habitantes y no únicamente en el número de derechos que sus leyes enlistan. Defendemos a la ciudad como una comunidad, cuya prosperidad depende de los esfuerzos colectivos de la sociedad y el gobierno, donde la solidaridad deber ser el principio rector. De continuar la crisis actual, nuestra ciudad se convertirá en un espacio en el que el privilegio de unas cuantas personas acabe de alienar a la mayoría de la ciudad que debería ser su hogar.

Nuestra propuesta es transformar radicalmente la manera en la que se hace política en la ciudad. Queremos construir una ciudad en la que la igualdad y los derechos sean realidades cotidianas para todas. Por eso es necesario identificar cuáles son los grandes problemas que la capital enfrenta. Reconocer estos retos nos permitirá construir, de forma colectiva, las respuestas que harán realidad una ciudad más equitativa y justa.

Hoy es momento de construir una nueva política para la ciudad, una que se enfoque en la igualdad y en la diversidad: es momento de hacer una ciudad para las personas. Para ello, es necesario tener más que una lista de buenos deseos. Se debe construir una nueva mayoría política que sume a políticos, activistas, especialistas, colectivos y a la gente que todos los días vive los efectos de la toma de decisiones en la Ciudad. Llamamos a un diálogo amplio para recuperar el futuro de la ciudad, nuestro futuro.

Las tres grandes crisis de la ciudad

La gran ruptura que vive la ciudad es el resultado de tres crisis concretas e interrelacionadas. Si bien éstas se encontraban latentes desde hace años, la falta de un proyecto de ciudad y de una visión integral de la capital en el gobierno actual provocaron su despertar y paulatino agravamiento. La primera crisis es una de desigualdad económica y social; la segunda es de seguridad y corrupción, y la tercera es una crisis en la provisión de servicios públicos.

La crisis de la desigualdad

La Ciudad de México es un espacio de creciente polarización y desigualdad. Dentro de la ciudad surgen cada vez con mayor frecuencia burbujas de privilegio: ciudades dentro de la ciudad que son accesibles sólo para una minoría con altos ingresos. En la misma ciudad, a pocos kilómetros y al mismo tiempo, se construyen realidades diametralmente distintas: una en en la que las  personas pueden ejercer sus derechos con libertad y otra en la que la libertad se encuentra anulada por la precariedad y la marginación. A pesar de que los derechos que históricamente se han conseguido en la capital siguen vigentes en el papel, la posibilidad de ejercerlos se hace cada vez más un privilegio. La ciudad es un espacio en el que la riqueza y la pobreza condicionan las posibilidades de vivir libre y plenamente. Para conseguir una ciudad más equitativa y justa es necesario combatir frontalmente la desigualdad.

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Johnny Miller/Thomson Reuters Foundation

 

Esta crisis tiene varias caras. La capital de México es una ciudad que expulsa pobres a las periferias mientras concentra riqueza en la zona central. Esta dinámica de exclusión se ve fortalecida por el crecimiento exponencial e irregular de desarrollos inmobiliarios que no tienen como objetivo el proveer de vivienda a todas las clases que habitan la ciudad. Al mismo tiempo, las periferias se convierten en espacios de riesgo y especulación, en donde las poblaciones marginadas se ven obligadas a ocupar terrenos que no son ideales para la habitación humana.

La desigualdad también impacta el ejercicio de la libertad que distintos grupos tienen. A pesar de que las personas LGBTI gozan de una serie de derechos establecidos en distintas leyes y normas, sus posibilidades de realizar una vida libre y segura se reparten de forma desigual. Estas diferencias son, al mismo tiempo, de ubicación geográfica y de clase social, y dependen también de las diversas identidades que coexisten dentro de dicha población. Aquí también hay periferias, tanto espaciales como identitarias, que incrementan las diferencias entre las personas.

Esta desigualdad está ligada con la del espacio público. El privilegio de la ciudad central, que muchas veces es también el de quienes la habitan y ocupan, no se limita a la vivienda o a la posibilidad de ejercer nuestros derechos. También hay una gran desigualdad en la calidad y cantidad de espacios públicos, que son los que deberían ser una zona democrática de encuentro y disfrute colectivo. Mujeres, personas LGBTI, indígenas y otros grupos suelen ser objeto de violencia y discriminación en estos espacios. Una ciudad más justa debe atender la crisis de desigualdad del y en el espacio público.

Crisis de seguridad y corrupción

Los últimos años han visto el rápido deterioro de las mejoras en materia de seguridad en la Ciudad. El crimen y la inseguridad han aumentado, impidiendo que las personas puedan moverse y vivir libremente en ella. La estrategia de seguridad no ha conseguido prevenir y disminuir los delitos que aquejan día a día a la ciudadanía.

La respuesta del gobierno de la ciudad ha sido culpar a la reciente reforma penal, en vez de asumir la responsabilidad que le corresponde en el fortalecimiento de las instituciones encargadas de investigar los delitos y de presentar acusaciones fundadas en pruebas ante las y los jueces. Lejos de que el gobierno cumpla con su obligación de garantizar seguridad, hoy en día presentar una denuncia en las agencias del Ministerio Público es parte del trauma que representa haber sido víctima de un delito y los cuerpos de policía siguen sin generar confianza a la población en general.

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La fuerza de las instituciones de seguridad no está en el calibre de sus armas; depende de la credibilidad, profesionalismo, transparencia e independencia con que realicen sus funciones. La responsabilidad del gobierno está en proteger a las víctimas y no en hacerlas responsables por haber sufrido un delito. Para lograr esto es necesario transformar la relación entre la ciudadanía y los cuerpos de seguridad para construir desde la cercanía y confianza para proteger a la comunidad, en vez de seguir alambrando muros y levantando barrotes.

Que la ciudadanía se acerque a sus instituciones requiere que pueda confiar en ellas. Esta relación requiere que las arbitrariedades y abusos en el uso del poder sean prevenidos, investigados y sancionados. También es necesario que la seguridad se entienda no sólo como castigo a quien comete un delito, sino como la defensa de los principios y valores que deben dar identidad a esta ciudad. Defender la libertad de la ciudadanía, la vida de las mujeres, la integridad de sus poblaciones más vulnerables y el espacio donde convivimos constituyen los objetivos conforme a los cuales debe pensarse el desarrollo de las instituciones de seguridad.

Crisis de los servicios públicos

La vida en la ciudad requiere de una red de servicios públicos que la posibilitan: la provisión de agua, los servicios de drenaje, recolección de basura y transporte, y la provisión de energía son algunas de estas redes necesarias para la vida de todas las personas. Hoy, estos servicios se encuentran en una crisis que tiene dos niveles.

Por un lado, la sustentabilidad misma de la ciudad está en juego. La explotación de mantos acuíferos y la contaminación del aire y el suelo, que son bienes públicos que nos pertenecen a todas, ponen en riesgo la subsistencia de la ciudad y sus habitantes. Años de políticas de provisión de servicios sin una visión ambiental integral se suman a los impactos ya visibles del cambio climático, agotando los límites naturales de la vida urbana.

Por el otro, estos servicios se encuentran repartidos desigualmente. La provisión de agua es parte de la desigualdad que existe entre el centro y la periferia, aunque pronto esta división desaparecerá si el sistema de aguas no es fortalecido. De igual forma, el transporte público, de por sí insuficiente, es todavía más escaso en las orillas de la ciudad, donde la mayoría de las trabajadoras de la ciudad habitan y hacia donde transitan. Los servicios públicos deben ser ampliados con una visión de igualdad y sustentabilidad.

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Johnny Miller / Thomson Reuters Foundation

 

Nuestro llamado es para recuperar el gran proyecto de izquierda que era la Ciudad de México. Sabemos que este llamado es sólo un primer paso y que se necesitarán meses de trabajo y diálogo. Ante las elecciones de 2018 y ante el inicio del proceso electoral, creemos que el resultado de este primer diálogo puede servir como guía para instrumentar políticas y como exigencias para la administración que tome posesión el próximo año. Cada vez que se acercan elecciones locales se realizan listas de buenas intenciones. Más allá de un documento, buscamos generar un proceso que propicie la formación de una nueva articulación política y social. Durante todo el mes de agosto proponemos abrir mesas de diálogo plurales para discutir cada una de las crisis mencionadas. El documento que surja de estos diálogos deberá ser abierto a la población que vive diariamente las consecuencias de la toma de decisiones. No proponemos crear verdades absolutas, sino ideas que deben ser debatidas. Sólo a través de este diálogo y articulación será posible construir un futuro de equidad para la ciudad y sus habitantes.

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